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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Mi excel (por si a alguien le sirve de ayuda)


  He hablado en este blog en varias ocasiones de mi excel, aunque nunca he profundizado demasiado en el tema. Al hilo de un comentario en Facebook, he recibido algunas peticiones de blogueras que creen que exponer mi forma de organizarme les pondría venir bien. No voy a sentar cátedra ni proponer mi sistema como el único y  mejor del mundo mundial, pero si alguien cree que mi excel le puede ser de ayuda, ahí van unas fotillos y unas explicaciones sobre cómo lo hago yo. Quizá también puedan hacer que surja el debate o el intercambio de ideas y podamos enriquecernos todos, sobre todo ahora que están a punto de caer las convocatorias de retos para el próximo año.
   Lo primero, tal vez, sería explicar por qué me resulta cómodo un excel en vez de otro programa que pudiera servir para llevar la cuenta de los libros que uno lee y los líos en lo que uno se va metiendo mes a mes. A mí me funciona excel porque me permite crear cuadros de doble entrada (es decir, distribuido en filas y columnas) tan grandes como yo quiera. Además, el hecho de que pueda cambiar de color (algo muy tonto pero, para mí, muy útil) me facilita diferenciar unos meses de otros. Y, por si fuera poco, el sumatorio me da la posibilidad de sumar las páginas que leo cada mes con un solo clic. Si estas razones te han convencido, vamos allá: creemos nuestro excel.
   El primer paso, claro está, este tener el programa en el ordenador y abrirlo. La vista será esta:
 Yo utilizo las columnas para ir añadiendo los libros que voy leyendo y para los retos, mientras que en las filas voy marcando para qué retos me sirve cada título y otros datos de interés. Añado otra foto de cómo queda mi excel ya completo para que te hagas una idea: 
  Como dije al principio, yo utilizo un color por mes para ir diferenciando unos de otros y, además, suelo usar un color más clarito para los que me faltan por leer dentro de cada más e ir oscureciéndolos a medida que voy leyendo, así:
  Como puedes ver, en las columnas voy poniendo los retos en los que he participado y qué número hace el libro que he leído (si, por ejemplo, piden 15 libros y el que he acabado es el tercero). Al final del mes incluyo una fila balance en la que veo cuántos libros he leído de cada reto y añado el porcentaje:
   En la imagen anterior puedes ver también que voy duplicando la primera fila, esa en la que aparecen los retos que debo ir completando, por pura comodidad, para tener en un solo golpe de vista los retos y los libros del mes y no tener que desplazarme hasta la zona más alta del documento para ver a qué reto corresponde cada columna.
    Y en esa misma imagen se puede ver otro de los códigos que empleo para aclararme: tengo una columna llamada "reseña" que, obviamente, no corresponde a ningún reto pero que me sirve para ir llevando un control de las reseñas que voy escribiendo y publicando. Marco una x cuando tengo la reseña escrita y x* cuando está escrita y publicada.
   Un último código que empleo para ir aclarándome también se puede ver en la imagen de arriba: hay veces que acabo un reto pero me sigue interesando ir apuntando los libros que voy leyendo y que podrían incluirse dentro de él. Por ejemplo, en el caso de la imagen se ve con el Reto 25 españoles: ya llegué a los 25 pero me interesa seguir diferenciando cuántos libros españoles y cuántos extranjeros leo al cabo del año, solo por pura curiosidad, así que sigo poniendo números en la casilla de la columna correspondiente al libro leído pero, como puedes ver en la foto, la sombreo (generalmente, del mismo color que he elegido para el mes). Así sé con un solo golpe de vista que ya no me tengo que seguir preocupando por ese reto, aunque siga leyendo libros en español.
    También dejo una columna para ir poniendo el número de páginas de cada libro. Esto (este año) tampoco es un reto pero me sirve para llevar mis cuentas, sobre todo porque, como dije al principio, el sumatorio me ahorra muchas cuentas. ¿Y qué es el sumatorio y para qué sirve? Si no lo sabes, te lo explico. El sumatorio es esta función (en la pestaña inicio, en la parte superior derecha de la vista):
  Como su propio nombre indica, sirve para sumar, en mi caso, las páginas que voy leyendo. ¿Cómo se utiliza? Pues muy sencillo: señalas las celdas (una celda es cada uno de los cuadritos de la tabla) que quieres sumar (picando y arrastrando sin soltar, ya sabes) y cuando las tengas todas seleccionadas, le das al botoncito de autosuma. El resultado te saldrá en la siguiente casilla bajo las que has querido sumar. A ver si consigo que veas los pasos mediante fotos:
    Seleccionas las cifras que quieras sumar picando y arrastrando sin soltar:
   Y le das al sumatorio. El resultado aparece abajo:
   ¡Sencillo! Pero muy útil. También puedes señalar celdas no contiguas, aunque es un pelín más complicado: eliges una celda vacía y en ella escribes =SUMA( y a continuación vas pulsando (control+ratón) las celdas que quieras sumar (por ejemplo, para saber cuántas páginas llevas leídas este año o cuántas has leído al final, pincharías en el resultado de cada suma mensual, en la foto de arriba, pincharías 5.277). Cuando las tengas todas cierras el paréntesis y le das a intro y en esa celda te sale la suma final. 
  A medida que vas pinchando celdas, ves cómo se van sumando en el sumatorio.
  Cuando le des a intro se sumarán todas las celdas y aparecerá el resultado final. Si pinchas esa celda, en la parte superior puedes ver que ese número es el resultado de sumar varias celdas:
  Como he dicho, en las columnas voy poniendo los retos pero dejo espacio al final para otras informaciones útiles para mí, como si he leído ese libro para una lectura conjunta, una lectura simultánea, para Anika entre Libros, para el club de lectura... Y me gusta también poner la dirección de internet en la que aparece la ficha de cada libro porque así tengo los datos a mano.

  Y creo que no me dejo nada por explicar respecto al excel principal. De todos modos, si tienes dudas o algo no queda bien explicado, déjame un comentario e intento arreglarlo.
   Voy a terminar hablando de la pestañas inferiores o, lo que es lo mismo, las distintas hojas que puedes hacer dentro de un mismo excel. Mi documento de excel se llama "Libros" y es bastante general. En él incluyo todo lo que tiene que ver con los libros que voy pidiendo para reseñar (tanto para Anika entre Libros como para, en su momento, Momentos de Silencio Compartido, o para mí misma), por eso tengo una pestaña para Anika y otra para MSC. Tengo otras pestañas con años (2013, 2014 y la recién abierta 2015), que se corresponden con todo lo que he estado mostrando antes.
   Además, tengo una pestaña para sorteos en los que voy a participar o estoy participando ("concursos") y otra en la que voy llevando la cuenta de los que he ganado, dónde los he ganado, si hay una fecha límite para leerlos o reseñarlos, si los he recibido, si los he leído y si los he reseñado. Ese es el contenido de mi pestaña "pendientes".
  También tengo otra pestaña llamada "Retos 2014" en la que voy llevando la cuenta de cada reto en concreto, por ejemplo, es donde voy apuntando los libros del Reto genérico que voy leyendo, completando las letras del Reto Autores de la A a la Z o rellenando los personajes que he ido encontrando para el Reto Encuentra el Personaje. Ahí también he ido tomando notas para completar algunos retos (por ejemplo, hay un enlace a un libro que reseñó El búho entre libros y que me podía servir para la X) y los meses temáticos que organiza Laky.
  Finalmente, hay dos pestañas para los dos retos que he organizado este año, sola o en compañía, en las que voy apuntando los nicks y los blogs de quienes se han apuntado. ¡Ah! Y tengo otra en la que voy apuntando todos los libros que me bajo de Amazon, porque a veces ni caigo en que los tengo. 
   Y así es como llevo el control de lo que voy leyendo y cuándo debo hacerlo. Espero que te haya resultado útil y puedas sacarle provecho. Si tú también llevas una hoja parecida o cualquier otro método, te invito a que lo cuentes en los comentarios y, así, quizá podamos enriquecernos todos. Y, por si puesto, si me he explicado mal en cualquier cosa, déjame un comentario o mándame un mail y trataré de solucionarlo.
   Nos seguimos leyendo.



sábado, 16 de febrero de 2013

En ocasiones veo comentarios que no existen...


   Últimamente me está pasando una cosa rara con el blog. Además del fenómeno inexplicable que suponen algunas búsquedas en Google que conducen hasta este rincón de la blogosfera (tema del que tengo previsto hablar un día de estos, cuando tenga recopiladas las suficientes como para que nos echemos unas buenas risas), de un tiempo a esta parte me estoy encontrando con una serie de comentarios-spam, siempre en inglés, que no sé cómo evitar (moderando los comentarios antes de publicarse, supongo) y que me traen por la calle de la amargura. Son comentarios de este tipo

que, obviamente, siempre incluyen un enlace. Nunca pico en ellos, porque soy muy mal pensada y bastante desconfiada y pienso que puede tratarse no sólo de publicidad, sino que pueden enmascarar un virus... o algo peor.
   ¿A vosotros también os pasa?¿Qué hacéis para evitarlo?
   Yo los borro en cuanto los veo. Pero tengo un fenómeno aún más extraño que no sé cómo explicar. Supongo que como muchos de vosotros, recibo los comentarios que se hacen en el blog en mi cuenta de correo electrónico. Pero hete aquí que también me ocurre que en ocasiones recibo comentarios fantasmas, comentarios que llegan al mail pero luego no están en el blog. ¿A vosotros también os pasa?
Mensaje llegado al correo elecrónico del que no hay ni rastro en el blog. Además, si lo lees... ¡tiene tela!
   Estoy por montar una nave del misterio para mí sola...
   Nos seguimos leyendo.

martes, 30 de octubre de 2012

Fuera de la sociedad


     Reconozco que no son pocas las ocasiones en las que me siento fuera de esta sociedad. Me ocurre, por ejemplo, cuando tengo la feliz idea de ir a comprar ropa y me doy cuenta de que si tienes una talla 50 o más (a veces, incluso menos), la moda no está hecha para ti. Vamos, que te debe dar igual lo que se lleve, porque no vas a encontrar nada a precio asequible que se le parezca. Pero bueno, esa es otra historia de la que escribiré, tal vez, cuando se me pase el mosqueo que me provoca.
    En esta ocasión, si lo decía es por el fútbol. Debo ser de ese pequeño, mínimo, ínfimo, porcentaje de personas a las que no les gusta el fútbol. Y no puedo decir que no me guste porque no lo haya probado: en mis tiempos jugué en un equipo de chicas, no me perdía ningún partido de los que ponían en la tele y, lo que es peor, iba los domingos al campo. O sea que lo de que no me guste el fútbol es una decisión casi casi meditada. Dejó de gustarme cuando me di cuenta de que el fútbol es poco más que dinero, que el final lo del ‘mercado de jugadores’ es literal y de que es capaz de despertar lo peor de demasiada gente.
    Pero para gustos se hicieron los colores, que dice el refrán, y creo que lo más importante es respetar lo que cada uno prefiere hacer con su tiempo libre. Por eso, yo ya no discuto con mi media mitad: cuando toca ver fútbol por la tele (o baloncesto, o tenis, o automovilismo, o lo que sea) ya no me desespero. He asumido mi papel de ‘forofa del deporte consorte’. Es más, he conseguido sacarle rentabilidad: dedico ese par de horitas a lo que más me gusta del mundo (además de estar con él y con mi niña, claro): leer. Y ya no me avergüenzo por sacar mi libro en el bar donde él está viendo el fútbol. Lo que ya no sé es si él se avergüenza de mí.
    Nos seguimos leyendo.

Que conste que en el ejercicio de mis funciones como 'forofa consorte' hasta he ido al Bernabéu. Y me lo pasé bien, añado.

martes, 9 de octubre de 2012

El niño que todos llevamos dentro


    Una de las cuestiones que, al margen de la propia vida de los libros y las historias, se planteó en las Jornadas de Animación a la Lectura de las que hablé la semana pasada y que más me he dado que pensar en estos días es la relación entre el niño que fuimos y el adulto que somos.
    Lo primero que me llamó la atención, en la primera sesión, fue que, a  pesar de que se supone que estábamos ahí, entre otras cosas, para aprender (aunque solo fuera con el ejemplo) a contar, a narrar en público, en voz alta, lo cierto es que la primera vez que la ponente nos invitó a salir a la palestra nadie dio el paso. Como los niños en el cole, bajamos la cabeza. Yo la primera, que conste. La vergüenza, el miedo al ridículo, el temor a ser diferente dando el primer paso, la confortabilidad de quedarse diluida en la masa nos pudo más. O quizá fue solo el recelo ante los desconocidos, porque en la última sesión casi todo el mundo quiso presentar ante los demás el fruto de su creatividad.
    No menos llamativo me resultó, también en esa primera sesión, el miedo o el escrúpulo o el recelo al contacto físico con los demás, con los desconocidos. Quizá por simple respeto al espacio personal de quien teníamos al lado, pero lo cierto es que cuando la ponente nos invitó a acariciar el pelo de nuestro vecino mientras cantábamos una cancioncilla (la idea era enseñarnos a relajar a los bebés, a mostrarles la importancia del contacto físico, lo reconfortante que es sentir la piel de alguien sobre tu piel) también nos hicimos los locos, hasta que no nos instó a ello tres o cuatro veces.
    En varios momentos de las jornadas se nos comparó con los niños, unas veces en positivo y otras en negativo. Incluso una de las ponentes dijo que dejásemos de ser adultos, que probásemos a volver a ser niños, aunque solo fuera durante las dos horas de aquella sesión. Lo hicimos… y disfrutamos, ¡vaya si disfrutamos!
A raíz de aquella experiencia no he dejado de reflexionar sobre cómo me sentí y sobre lo desconectada que vivo de la niña que hay en mí. Tanto, que he llegado a pensar que ya no estaba ahí, que la historia de Peter Pan es cierta, que no se puede ser niño y adulto a la vez, que cuando creces, olvidas; que madurar es, en el fondo, una manera de llamar a la pérdida de la inocencia, la frescura, la ignorancia de los prejuicios y las convenciones sociales. Pero, ¿por qué se produce esto? ¿Es algo natural, consustancial al proceso de maduración humano? ¿Es algo impuesto por la sociedad? ¿O, quizá, somos nosotros los que nos obligamos a ser adultos, a comportarnos como tales en todo momento? Llevamos nuestra coraza de personas serias, profesionales, maduras, responsables, seguras, fuertes… pero por dentro ¿qué somos? ¿Peterpanes? ¿Principitos? ¿Duendes?
Relacionarse con los niños ayuda a volver a conectar con tu propio pasado, a sacar de tu memoria tus propias experiencias infantiles: canciones, sentimientos, descubrimientos… regresan a ti como vía de acercamiento a ellos. Entonces… ¿es que seguimos siendo niños con cuerpos de adulto? Después de lo bien que lo pasé durante las jornadas, cantando sin pensar en lo mal que se me da, riendo a carcajadas, aprendiendo rimas, dejando que la imaginación volara, acariciando y venciendo resistencias sociales, contestando preguntas sin pensar demasiado en la respuesta, metiéndome de lleno en un universo de cuentos e historias donde no importa qué vamos a cenar hoy o cuándo tengo que entregar el próximo trabajo… quiero creer que la niña que llevo dentro ha regresado, que he vuelto a conectar con ella, después de años de olvido. Quizá esa niña le caiga bien a mi hija y sea una excusa más para pasar buenos momentos con ella. De hada a hada.
     Nos seguimos leyendo.





miércoles, 3 de octubre de 2012

Otoño (II)

Situación: Viendo la tele.

   Anuncio de El Corte Inglés: bla, bla, bla... Bienvenido, otoño.
   Lucía (a la tele): ¡Que ya te hemos oído! ¡Qué cansina con lo de "bienvenido, otoño"!... Si ya la hemos oído, ¿a que sí mamá? ¿A que ya la hemos oído muchas veces?

   Moraleja: Dicen que lo poco agrada y lo mucho enfada. Por muy chulo y poético que sea el anuncio.

  Nos seguimos leyendo.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Otoño

Situación: Viendo la tele.

   Lucía: ¡Mamá! ¡Ya es otoño en El Corte Inglés!!!... ¿Y aquí?

   Moraleja: Si lo dice El Corte Inglés... es que aquí también lo es.

  Nos seguimos leyendo.

martes, 25 de septiembre de 2012

Persiguiendo un sueño

Foto de Thomas Leuthard
    ¿Tú qué crees? ¿Los sueños son un tipo de guía que te va marcando el destino o una mera liberación de tu cerebro? ¿Son como un Pepito Grillo que te dicta lo que tienes que hacer o, más bien, como el vapor que sale disparado de una olla a presión? Lo pregunto porque esta noche he vuelto a tener un sueño de esos que te hacen dudar, que te obligan a elegir entre una opción u otra, de esos que, cuando abres los ojos, es imposible que no pienses ¿estoy obsesionada con el tema o es que algo dentro de mí me está diciendo por dónde ir y yo llevo años sin hacerle caso?
   Te pongo en antecedentes. Verás: a la vista está que me encanta la literatura; me gusta mucho leer pero también me gusta mucho escribir. De hecho, durante una época de mi vida soñé con ser escritora. Incluso en la facultad, un profesor (que entonces yo creía escéptico pero que hoy veo que es el profesor más sincero que he tenido jamás) que siempre nos decía que solo un pequeño porcentaje de los alumnos que tenía sentado delante acabaría ejerciendo el periodismo, nos explicaba: un tanto por ciento, no acabará la carrera; otro cree que quiere ser periodista pero en cuanto conozca un poco más este mundillo lo dejará; otro estudia periodismo porque realmente le gusta la información y el análisis del mundo en el que vivimos y otro se ha matriculado en esta carrera porque no existe otra para ser escritor, lo que de verdad le gusta es escribir, pero como no hay (más bien, no había en ese tiempo) una institución académica para hacerlo, opta por el periodismo para pulir su redacción y aprender los rudimentos del manejo del lenguaje. A mí se me inflamaba el corazón cuando mencionaba el tercer grupo, el de los periodistas de verdad, pero no podía evitar pestañear soñadoramente cuando hablaba del último grupo.
    En esta época de cambio en mi vida, me he planteado escribir algo en serio... pero he acabado desechándolo porque: 1.- me parece muy difícil, 2.- el mercado está saturado y es complicado abrirse camino, 3.- lo que necesito es una profesión que me guste y me motive, sí, pero que me sirva para traer dinero a casa todos los meses; 4.- ¿pero qué me creo? ¿Dónde voy yo, soñando con ser escritora? Así que he vuelto a descartarlo (a pesar de que algunas experiencias con la autopublicación a través de Amazon me han abierto un poco el apetito).
    Preguntaba lo de los sueños porque durante buena parte de mi vida he tenido sueños que me empujaban a ser escritora, a contar historias. Recuerdo perfectamente el final de uno de ellos: después de un viaje en tren, yo me apeaba del vagón en una estación y, como en las películas, desde la puerta de atrás del último vagón la anciana que me había acompañado durante todo el viaje agitaba la mano despidiéndose de mí y gritándome: "Recuerda que te he contado todo esto para que lo escribas, para que construyas una buena historia con ello. Es tu camino, búscalo hasta que lo encuentras y da a conocer mi historia. No puede morir ni contigo ni conmigo". Conmovedor, ¿verdad? El problema es que al abrir los ojos no tenía ni repajolera idea de lo que me había contado la buena señora. Total, que llevo media vida acordándome del sueño, intentando recordar lo que me estuvo diciendo durante el viaje, para ver si doy con la historia... pero nada de nada. 
    Y ese es el problema: sé que sueño historias, historias que tienen muy buena pinta, pero están olvidadas al abrir los ojos. Hoy me he vuelto a pasar. Y en vez de recordar la historia, me he cuestionado la mayor: ¿para qué sirven estos sueños? ¿Para animarme a escribir o para liberar toda la tensión literaria que acumulo dentro de mí? Y en vez de escribir una novela, escribo este post.
    Me gustó mucho una novela de Clara Sánchez que habla sobre los sueños. Reflexiona sobre ellos, su significado y el efecto que causan en nosotros (si les hacemos caso o creemos que son basura del cerebro) pero también ofrece muchos datos científicos, biológicos, médicos sobre ellos y su función dentro del organismo. Presentimientos, la novela de la que hablo, cuenta dos historias paralelas pero unidas: la de Julia y la de Félix. Han ido de vacaciones, con su hijo de seis meses, pero al llegar, ella se da cuenta de que no ha metido en la maleta comida para el bebé, así que coge el coche y va a la farmacia a comprarla. Pero tiene un accidente por el camino y queda en coma. La novela se construye, por un lado, con la angustia y las decisiones de Félix (cuidar del niño, sacar a Julia del coma, acudir al hospital...) y las tribulaciones de Julia, quien, en su coma, sueña que se ha perdido en ese lugar de vacaciones y no logra encontrar el camino de vuelta al apartamento en el que la esperan su marido y su hijo. En su sueño, Julia arregla cuentas con su vida real. Tiene un asunto pendiente (que no voy a desvelar para no fastidiar la trama de la novela), al que da solución durante el coma. Para ella, pues, los sueños sí una guía para la vida, una oportunidad para poner en orden tu destino. En el caso de Félix (que durante el coma, sueña en ocasiones con Julia), su percepción sobre la función de los sueños fluctúa a lo largo de la novela: primero no les da importancia, cree que no son más que basura del cerebro, una válvula de escape que libera al cerebro de la tensión acumulada por la situación que está viviendo. Pero, a medida que va avanzando el argumento, su idea original va cambiando, empieza a abrirle la puerta a la percepción de los sueños como mapa de la vida e, incluso, pregunta a los médicos sobre esta posibilidad.
    Sin embargo, por mucho dato científico que te puedan aportar, creo que, al final, es una cuestión personal. Una cuestión de intuición, de pálpito, de corazón. Creo. Calderón de la Barca les quitó importancia con aquello de "toda la vida son sueños y los sueños, sueños son". Quizá, a lo mejor, de lo que se trata (y hablo ahora de mi caso) es, simplemente de atreverse. Tal vez debería dejar de intentar recordar la historia de la anciana y contar, sencillamente, su encuentro conmigo y el efecto que ha tenido en mí. El efecto que se mantiene durante años.
    Nos seguimos leyendo.
  
photo credit: <a href="http://www.flickr.com/photos/thomasleuthard/6106276491/">85mm.ch</a> via <a href="http://photopin.com">photo pin</a> <a href="http://creativecommons.org/licenses/by/2.0/">cc</a>

sábado, 22 de septiembre de 2012

Dudas sobre el embarazo

  Situación: Las dos tumbadas en el sofá. Ella encima de mí, su postura favorita

   Lucía: Mamá... ¿y a ti?... ¿cuándo te va a crecer un niño en la barriga?

   Moraleja: Los niños crecen por generación espontánea en las barrigas de las madres. Como los limones y las peras en los árboles. ¿Cómo entonces, si no?

  Nos seguimos leyendo.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Sobre las expresiones coloquiales y su uso correcto

Situación: Lucía y yo, camino del cole.

   Yo: ¡Hace fresquete! ¿Tienes frío, cariño?  
   Lucía: Un poco. 
   Yo: Pues vamos a caminar un poco más deprisa, a ver si así entramos en calor.
  Lucía: No sé... es que yo he entrado en frío y no puedo salir.

   Moraleja: ¿Cómo nacen las expresiones cotidianas y qué motivos tienen para ser así y no de otro modo? ¿Por qué entra uno en calor pero se queda frío? Grandes misterios de la naturaleza humana y de la lengua que utiliza para comunicarse con otras naturalezas también humanas.

  Nos seguimos leyendo.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Diccionario de lucianeologismos



    Como todos los niños (supongo), Lucía es muy dada a inventar palabras. La mayoría nos hacen reír a carcajadas. Pero, si lo piensas bien, inventa palabras que tienen muchísimo sentido. Ahí van algunos ejemplos:

  • Pistolar: disparar con la pistola.
  • Pelucar: ir a la peluquería, jugar a las peluqueras, peinarse.
  • Abronchones: botones
  • Quemante: dícese de lo que quema.
  • Guñar el ojo (sin la i): guiñar los ojos
  • Bolsa de dientes: dícese de la bolsa en la que guardas tus cosas de aseo
  • Fumadero: cenicero
  • Fume: cigarro
  • Le lagriman los ojos o tener los ojos lagrimados: llorar (involuntariamente), tener los ojos llorosos.
  • Vamos a aproximar por aquí: acortar camino, coger un atajo
  • Pelea: dícese de la disciplina olímpica comúnmente conocida como judo
  • Pijama-vestido: camisón
  • Me crujen las tripas: lo que te ocurre cuando tienes mucha hambre
  • Hacerse la no escuchada: hacer oídos sordos (algo muy común)
  • Achisear: dícese de lo que uno hace cuando le da la alergia
  • Selemina: serpentina
  • Jugar a las chicas que se hablan: jugar a los Sims
  • Las rendijas de los pies: dícese del espacio que queda entre dedo y dedo de las pies, mayormente, donde se acumulan las pelotillas
  • Afuerzar: apretar con mucha fuerza, sobre todo en los abrazos.
  • Chorrear: aclararse el pelo bajo la ducha
  • Piruto: lo que uno se tira (y trata de ocultar, generalmente) cuando uno ha comido bien
  • Cinturante: dispositivo de seguridad de los vehículos a motor con cuatro ruedas.
    Puede que esto solo sea el principio de un gran diccionario.
    Nos seguimos leyendo

viernes, 31 de agosto de 2012

Adiós, agosto. Hola, septiembre

    No lo puedo evitar. Septiembre siempre hace que mi corazón se ensanche. Una pizca de emoción, un puñadito de ilusión, una cucharadita de incertidumbre... septiembre siempre me recuerda que volver a empezar es posible, aunque ya hayamos consumido más de la mitad del año. 
    Septiembre siempre me sabe a nuevos planes, a cuadernos por estrenar, a nuevas expectativas. Sé que tiene que ver con el inicio del curso escolar (siempre me gustó eso de volver al cole)  y, aunque ahora tengo motivos para revivir esa sensación (mi máster y el cole de Lucía), lo cierto es que ese sentimiento de novedad, de ilusión renovada, de nuevos proyectos, nuevas metas, nueva oportunidad no me ha abandonado nunca, ni siquiera cuando pensaba que mi vida académica había acabado para siempre, cuando trabajaba y no pensaba en volver a estudiar. 
    A mis sensaciones de todos los septiembres de mi vida uno este año dos nuevas: acabar el máster (sólo me queda el trabajo de investigación final y ya estoy en ello) y conseguir un empleo. Mi segundo proyecto es muchísimo más difícil que el primero, por la situación económica, porque no depende exclusivamente de mí y de mi esfuerzo y porque después de tres años sin trabajo... mis esperanzas están por los suelos. Espero que septiembre me ayude a enderezar mi rumbo, encontrar nuevos caminos y cambiar mi estado de ánimo. 
    En septiembre siempre me da por comprar bolis, rotuladores, cuadernos... Cosas nuevas que iré usando durante los meses siguientes. Utilizarlos me da ánimos, me da fuerza, porque me recuerdan a cuando los compré, me recuerdan a septiembre. El mes en el que el camino está aún por andar y en el que, todavía, todo es posible.
    Nos seguimos leyendo.

 

martes, 28 de agosto de 2012

¿Hermanito? ¿Y eso para qué sirve?

   Esta es de hace un par de años... pero es que muy buena.
   Situación: Mi abuela y Lucía escribiendo la carta a los Reyes Magos.
  
   Mi abuela (haciendo como que escribe, con Lucía en su regazo): Queridos Reyes Magos. Este año he sido muy buena, así que quiero que me traigáis una muñeca y un hermanito (mi abuela es así)
   Lucía (se gira hacia ella como un resorte, con cara de sorpresa total): ¿Un hermanito??? ¡¡¡NO!!! Un DVD.  
  
   Moraleja: Las prioridades son las prioridades. Y cada uno tiene las suyas.

  Nos seguimos leyendo.

jueves, 23 de agosto de 2012

El teléfono roto

  Situación: En casa, a mediodía. Yo, haciendo la comida. Suena el teléfono. Lo coge Lucía. No la oigo hablar en unos minutos. Después, dice:

   Lucía: Yo soy la hija de Lidia.
   Al otro lado del teléfono: (supongo por contexto) ¿Y no está tu papá?
   Lucía: No, estamos solas mi mamá y yo.
   Al otro lado del teléfono: (supongo, de nuevo) ¿Le puedes decir a tu mamá que se ponga?
   Lucía: No (y cuelga).
   Yo: ¿Quién era, Lucía?
   Lucía: No sé. Una chica.
   Yo: Y si no sabes quién era y no te dice quién es... ¿por qué hablas con ella?
  Lucía: Pues porque estaba escuchando lo que me tenía que decir.
  
   Por la hora, la conversación y la costumbre, deduzco que llamaban de Jazztel, para hacernos alguna super oferta revolucionaria (como hacen un par de veces a la semana). Mi chico y yo no las dejamos ni hablar. Se ve que la operadora aprovechó que tenía oreja disponible para largarle el rollo que tenía que soltar. Moraleja: Casi que voy a dejar que Lucía filtre tooodas las llamadas a mi casa. El desconocido que llame se sentirá escuchado y para cuando descubra que quien está al otro lado es una niña de cuatro años, Lucía ya se habrá cansado y habrá colgado.

  Nos seguimos leyendo.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Lecciones de vida entre fogones

El trabajo del niño es poco pero el que lo rechaza es un loco.

    Estas eran las palabras mágicas que abrían las puertas de la cocina de mi bisabuela, el "ábrete, Sésamo" que me permitía sentarme a su lado y ayudarla a lo que fuera: quitarle la hebra a las judías verdes, batir un huevo, redondear las albóndigas, dar forma a las croquetas... Cualquier cosa que unas manos pequeñas e inexpertas como las mías pudieran hacer. Y mientras, hablábamos de la vida, de la familia, de mis cosas, de los programas de la tele, de recetas de cocina... de todo.
   Con un gesto tan simple como permitir que la ayudara a cocinar, mi bisabuela Chon me hacía sentir mayor, responsable, capaz. Hoy, cuando tantas veces me pregunto cómo debo actuar con mi hija, qué debo hacer para que sea responsable e independiente, cabal y segura de sí misma, respetuosa con los demás y buena persona; hoy, después de leer tantos libros y ver tantos programas de televisión sobre cómo educar a los hijos; hoy que tengo a quien legar la herencia que he recibido de mi familia, hoy... me acuerdo de mi bisabuela. Y de lo que sentía a su lado.
   Pude disfrutarla durante mucho tiempo, aunque el tiempo con las personas a las que quieres siempre se hace demasiado corto cuando mueren. Falleció hace ahora once años. Y últimamente he pensado mucho en ella. Parte de la culpa de esos recuerdos la tiene este libro, que he reseñado para Anika entre Libros:


    Cuenta cómo se refuerza el vínculo entre una abuela y su nieto a través de la comida. No es una maravilla literaria, pero es uno de esos libros que cuenta historias entrañables, historias sencillas que recuerdan al lector la magia que esconde cada día que amanece. Leyendo las aventuras culinarias de Sebastián y Lola me he acordado de algo que nunca había olvidado pero que, a veces, queda adormecido dentro de mí: el vínculo que mi abuela Chon y yo teníamos. A pesar de lo oculta que su historia ha estado siempre para nosotros, los bisnietos, y de que aun hoy no sepa a ciencia cierta cuál fue su pasado, la quiero y la admiro. Por lo que sé y por lo que me imagino.

    Hoy me he vuelto a acordar de ella y del libro. Lucía me ha ayudado a hacer albóndigas. Y sé que se ha sentido mayor, orgullosa de sí misma y satisfecha por haberme ayudado. Y ha comprendido que cocinar también es una forma de decir te quiero, porque cuando ha llegado su padre le ha preguntado qué le ha parecido la comida y cuando él ha respondido que estaba buenísima, ella le ha contestado: "es que lo hemos hecho tus chicas, con mucho amor". Es una lección que quería que aprendiera mi hija y unos sentimientos (la satisfacción, la valía, la felicidad que da hacer algo por alguien) que me gustaría que conservase para siempre. 


   Soy como soy por muchas razones, por muchas de las cosas que me han pasado, por todos los sentimientos y vivencias que he experimentado. Pero un trocito de mí es como es por mi abuela Chon. Sé que a ella y a mi abuela Angelita les debo muchas cosas, sobre todo, mi pasión por la cocina. Cuando se tienen buenas maestras, es difícil no aprender. Espero serlo yo también.
   Nos seguimos leyendo.

martes, 31 de julio de 2012

Entre el orgullo y la carcajada

Situación: Lucía y yo, en el coche.


   Lucía: Mamá, cuando sea mayor y tenga una niña la voy a llamar Lidia, como tú.
  Yo:¿Siiiiiiíiiii? (léase esta pregunta con un tono de alucianda total, asombro maternal, orgullo y muchas babas, todo al mismo tiempo)
  Lucía: Sí. Pero luego cuando la llame y diga "Lidiaaaaaa" tú no contestes, ¿eh?
  
  Moraleja: Hijos: entre la sopresa, el orgullo y la carcajada. Siempre


 Nos seguimos leyendo.

sábado, 28 de julio de 2012

Declaración de amor

    Recuerdo que mi padre y mi abuela me compraron unas horquillas nuevas y me llevaron a comprar un gran ramo de flores. Lo pusieron en la bandeja de atrás del coche y me dijeron: "vamos a ver a mamá y a conocer a tu hermana". Me acuerdo de los nervios que me entraron. ¿Mi hermana? ¿Qué será eso? Llevábamos nueve meses hablando de ella, pero no acababa de hacerme a la idea de qué supondría que un bebé llegar a nuestra casa. "Podrás jugar con ella y será tu mejor amiga", me había dicho. Bueno, habrá que verlo.
    Papá llamó a la puerta y a mí empezaron a sudar las manos. No quería entrar. Que pasen ellos primero y a lo mejor no se dan cuenta de que yo no entro, pensé. Siempre me ha pasado lo mismo. Cuando me ponía mala y faltaba unos días a clase. Cuando llevaba algún tiempo sin ver a una amiga, por muy buena que fuera. El reencuentro me ponía nerviosa. Me daba vergüenza. Aun me pasa.
    Me quedé a la puerta, asomándome para ver qué había dentro. "Pasa", me dijo mi madre. "¡Qué guapa estás con tus horquillas nuevas! ¡Y qué flores más bonitas has elegido para mí!". Mmmmm. Mi madre en la cama, pálida. Y un montón de carne envuelto en una sabanilla en algo parecido a una caja transparente a su lado. "Es tu hermana", me dijo mi madre. ¿Mi hermana es esto?, pensé. ¿Y cómo quieren que juegue con esto? Me asomé a la caja llena de curiosidad. ¡Qué raro! ¿Podré tocarla? Miro a los adultos que están en la habitación. Aparentemente nadie me mira. Alargo la mano. Despacito. Con mucho cuidado. Extiendo el dedo índice y toco su manita. Ella no dice nada. No se mueve. Será que no pasa nada. Lo muevo y tocos sus deditos. ¡Qué pequeñitos! Y si los muevo un poquito... ¿se despertará? Voy a ver. Lentamente voy separando sus dedos de la palma de su mano. Y de repente:

   - ¡¡¡Aaaaayyyy!!!
   - ¿Qué ha pasado? -mi madre me mira angustiada, pensando que le he hecho algo al bebé.
   - Nada -balbuceo-. Sólo que.... me ha cogido mi dedito -susurro sorprendida.
   - Eso es que te quiere.

  Y una gran sonrisa de satisfacción dejó todos mis miedos atrás. Sí, me quiere. O sea que seremos grandes amigas. O sea que jugaremos juntas. O sea que le contaré mis secretos y ella los guardará. O sea que me acompañará cuando tenga miedo y me dará la mano por las noches. O sea que hará lo que yo quiera. O sea que me ayudará cuando yo no sepa hacer algo. O sea que soportará mis neuras. O sea que me consolará cuando algo no me salga bien. O sea que podré hablarle de lo que no le hablo a nadie más. O sea que compartiremos un montón de cosas a lo largo de los años. O sea que será mía. Mi hermana. 
 

    Hoy hace 32 años de esta escena. Y sí, todo eso se ha cumplido. Todo eso... y mucho más. Con sus altos y sus bajos, sus discusiones y sus faltas de acuerdo, sus momentos felices y sus frustraciones... mi hermana siempre ha sido mi mejor amiga. Hoy es profesora María Jesús, la tía Popi y un montón de cosas más. Pero, sobre todo, para mí y por siempre... es mi HERMANA. Con todas las mayúsculas y el amor del mundo.
   Nos seguimos leyendo.


viernes, 27 de julio de 2012

Lucía del Siglo de Oro

    Situación: Haciendo unos recados, me encuentro a un antiguo compañero del periódico al que no veía desde hace tres años. Le sonrío, le saludo, le doy dos besos, besa a Lucía (no muy convencida), charlamos brevemente, se va...

   Lucía: ¿Quién era? 
  Yo: Un compañero del periódico, cariño. ¿Por qué me lo preguntas?
    Lucía: Y tú... ¿por qué le has besado???
  
  Moraleja: Mientras esté conmigo, la honra de su padre está a salvo.


 Nos seguimos leyendo.

viernes, 20 de julio de 2012

Mi forma de resistirme al paso del tiempo

Las cosas con capacidad de convertirse en un recuerdo suponen el deseo personal de atender a la vida, de vivir con atención, con amor. [...] Los enamorados ponen mucha atención cuando se besan,  los que viven con mucha atención, con mucho amor por la vida, suelen llenar sus habitaciones de cosas” (Luis García Montero, Una forma de resistencia)

    Ya he hablado en varias ocasiones (aquí y aquí) sobre cuánto me gustó este libro. Y ayer, divagando en mi sofá tras cerrar otro diferente, volví a pensar en él. Miré a mi alrededor y me di cuenta de cuántas cosas que me recuerdan a gente a la que quiero mantengo junto a mí. A pesar de mis múltiples mudanzas, de los cambios de la vida y de las redecoraciones... ahí siguen.
    Generalmente, ni reparo en ellas, ya forman parte del decorado de mi día a día, no son un objeto nuevo al que se te va la vista en cuanto nota algo diferente en el entorno. Pero en tardes como las de ayer, en las que estás sola en casa, leyendo tranquilamente en el sofá, al ladito del ventilador... a veces terminas el libro, lo cierras y miras a tu alrededor para paladear la historia que acabas de leer. Y en el resbalar de los ojos por las cosas, a veces se detienen en un objeto. Lo miras con atención y sonríes. Las cosas son vigilantes del recuerdo”, dice García Montero. Y ahí están, mostrando lo que con tanto celo vigilan y guardan: la resurrección de un momento feliz, de una persona querida, de otro tiempo y otra vida. 
    El detonante fue este móvil que me regaló mi hermana cuando vivía en Salamanca, hace unos diez años. Lo tengo colgado en la barra de la cortina y emitía leves soniditos con la brisa de la tarde. Tres mudanzas y ahí continúa.

   Empezó mi viaje por el tiempo. Sin necesidad de pagar billete, sin ni siquiera moverme, sólo girando la cabeza, otro puñado de recuerdos: el reloj que me regaló mi amigo Valero en el ocaso de la adolescencia, los búhos que mi amigo Edu me ha ido comprando a lo largo de los años y el jarrón lleno de manzanas que mi amiga y compañera del periódico en Toledo Marta me regaló cuando me fui a vivir a Alcalá. Pensé en ellos y calculé cuánto tiempo hace que no les veo. Y a pesar de ello, los recuerdos y la felicidad me llenaron de alegría.
      Me sentía tan bien, que pensé que esto no podía quedar en el salón. ¿Cuántas cosas de otras vidas guardo en mi vida actual? En la entrada, uno de los objetos con más años: el espejo que me regalaron mis primos Isma y Alicia cuando tenía... ¿13 años? 23 años conmigo. No está mal. Era la época en la que nos hacíamos regalos en Navidad. Ahora son nuestros hijos los que reciben las sorpresas.

   Si este es uno de los más antiguos, pensé que el más viejo de todos mis objetos podría ser este megareloj que me trajeron los reyes a los 11 o 12 años y que tantas horas de estudio compartió conmigo. Confieso que dejó de funcionar hace unos tres o cuatro años... pero he sido incapaz de deshacerme de él.

    Y ya metidos en el estudio, otro regalo con solera: los sujetalibros que me regaló mi amiga María, no recuerdo si en COU o en los primeros años de carrera.




      Más reciente, el espejo que me regaló mi chico en nuestras primeras navidades juntos, cuando sólo llevábamos un mesecito juntos. Este diciembre hará diez años....


   Y como una cosa lleva a la otra, una de mis cosas más preciadas: el diario del bebé con portaobjetos incluido que me regaló Virginia, la prima de mi chico, cuando di a luz. En él voy guardando pequeños tesoros de mi gran tesoro: mi hija. Ahí están las pulseras que nos pusieron en el hospital, el chupete que solo utilizó 10 días, algunos juguetes ya rotos, su primer carné de la piscina, las entradas del concierto de Cantajuegos, las identificaciones de las maletas de nuestro primer verano en la playa... Un puñadito de vigilantes del recuerdo que me provocan una sensación muuuuuy cálida por dentro y un sentimiento de absoluta felicidad.

    Estos son solamente algunos de los testigos de mi trayectoria, algunos de los hitos de mi camino. Ellos tiran de otros recuerdos y otros amigos que siguen en mi vida y en mi memoria (no puedo pensar en Edu sin invocar a Cova o a Jorge o a Uka o a Goyete o mis compis de la facultad y de las teles, ni en mi hermana sin acordarme de mi madre, ni en Toledo sin volver a sentirme próxima a Esther, a Mariluz, a la comandante Barcenilla...; ni en mis primos sin pensar en mi gran familia, ni en Valero sin recodar a Jorge, ni en mi megareloj sin pensar en mis compañeras del cole, ni puedo ver un periódico sin recodar a la gente de La Tribuna...). Estos objetos forman una red, dibujan un mapa de tiempos, personas, ciudades y sentimientos. Un mapa que es mío, que jamás podré olvidar y que continúa guiándome en mi presente. ¿Cuál es el tuyo?
    Nos seguimos leyendo.
















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