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viernes, 8 de septiembre de 2017

"No soy un monstruo", de Carme Chaparro: una absorbente lectura sobre la pederastia y el periodismo

  No soy mucho de leer libros escritos por gente de la tele porque ya llevo unos cuantos descantos, pero tengo una debilidad especial por Carme Chaparro desde hace tiempo, así que me decidí a reseñarlo para Anika entre Libros hace unos meses y hoy traigo hasta el blog mis impresiones.
https://www.planetadelibros.com/libro-no-soy-un-monstruo/221101

Título: No soy un monstruo
Título Original: (No soy un monstruo, 2017)
Autor: Carme Chaparro
Editorial: Espasa Colección: Espasa Narrativa


Copyright:
© Carme Chaparro Martínez, 2017
© Espasa Libros, S.L.U., 2017
Edición: 1ª Edición: Marzo 2017
ISBN: 9788467048964
Tapa: Dura
Etiquetas: asesinos en serie, detectives, género negro, misterio, policiaca, intriga, libros premiados, literatura española, metaliteratura, novela, pederastia, pedofilia, periodismo, secuestros, televisión, thriller, suspense, discriminación sexual, hackers, víctimas, pederastas, investigación criminal, proyecto NeuroQWERTY
Nº de páginas: 336


Argumento:

  La vida de la inspectora Ana Arén da un vuelco cuando un niño desaparece de un centro comercial. Ya ocurrió lo mismo dos años antes y aquel primer niño aún sigue sin aparecer. Por eso luchará con todas sus fuerzas y su empeño para que la historia no se vuelva a repetir.
Premio Primavera de Novela 2017


Opinión:


  Este es el típico libro que, en cuanto lees el título, ya sabes que te va a mentir. O, si no te miente, te hace reflexionar sobre todas esas veces en las que tratamos de justificar lo injustificable, en las que no nos vemos a nosotros mismos como realmente son o en los que estamos rodeados por un ambiente tan depravado que lo nuestro nos parece poco comparado con lo de los demás. Y, la verdad, un poco de todo ello hay en esta novela de Carme Chaparro, ganadora del Premio Primavera de Novela 2017.
  Porque la autora nos pone, ya desde la primera página de su obra, frente a frente con alguien que busca un niño que secuestrar, lo que consigue que te metas en la historia desde el primer primerísimo momento. Además, te obliga a pensar en opciones y, dadas las noticias que vemos un día sí y otro también, tus suposiciones sobre para qué puede querer al niño no son nada agradables.
  El resultado es un desasosiego y una sensación general de náusea que se mantienen durante todo la novela. Es más, diría que se acentúan al final, cuando se descubre quién esa voz y, sobre todo, cuáles son sus motivos para hacer lo que hizo.
  Desde que soy madre, las noticias que afectan a los niños me sacuden por dentro de manera especial y así me ha ocurrido también con este libro en el que se nos presenta a los niños como víctimas, en muchas casos, de los adultos. Víctimas sexuales, víctimas mortales... pero también víctimas del desamor o de la desatención o del egoísmo.
Siendo periodista, está claro que me iba a gustar el entorno televisivo en el que se desenvuelve la trama, más sabiendo que se trata de un medio que la autora conoce al dedillo. Pero no por conocerlo o por estar dentro del entorno lo protege, sino que indaga en su cara más oscura, en la más zafia, en la más ruin.
   Una ruindad que alcanza a algunos de los personajes de la novela. Personajes que, en general, están muy bien trazados e interesan por sí mismos, más allá del papel que desempeñan en la trama principal. En este sentido, me parece que el premio gordo se lo lleva (como, por otra parte, no podía ser de otra manera), la inspectora Arén, cuya trayectoria vital vamos conociendo a lo largo de la obra con bastante profundidad.
  De Ana Arén me ha gustado su fuerza, su entrega y el hecho de que Chaparro la utilice para hablar de la desigualdad de géneros y sobre lo complicado que es para una mujer abrirse camino en un mundo de hombres.
Si los personajes son interesantes, no lo son menos los temas que se abordan en la novela. Desde la maternidad, hasta el desempeño de una profesión; desde la amistad, hasta las relaciones de pareja; desde la importancia de nuestros padres hasta las relaciones que establecemos con nuestros vecinos; desde la entrega a los demás hasta el egoísmo más despreciable; todos ellos van desfilando por las páginas de una novela que tampoco se pierde en análisis o reflexiones sino que va mostrando escenas y dejando cabos que el lector tendrá que ir comprendiendo y atando.
  Y, por supuesto, el gran tema que subyace en toda la obra: la pederastia. En este sentido, me ha resultado muy interesante todo lo que Chaparro cuenta sobre el proyecto NeuroQWERTY y las implicaciones que tiene para la investigación científica y criminal. Solo le pongo una pequeña pega y es que me ha dado la sensación de que explica en demasiadas ocasiones en qué consiste y, al final, se hace un poco pesado.
  Además de las reflexiones y los personajes, el tercer punto fuerte de la novela es su trama, cómo la autora va dosificando la información, cómo va haciendo avanzar el caso al tiempo que nos va contando las vidas de los personajes principales y cómo va manteniendo la intriga y el ritmo necesarios para que la novela se lea casi casi de un tirón.
  Un ritmo de lectura rápido al que también contribuyen la longitud de los capítulos, la sucesión de los acontecimientos y la alternancia de voces narrativas que, ya sea desde la primera persona narrativa o desde la tercera, nos van permitiendo cambiar el foco e ir pasando a través de los diferentes puntos de vista que nos ofrecen en la novela, lo que enriquece mucho la lectura.
  En definitiva, una obra muy entretenida y bien construida, que trata temas interesantísimos y que tiene un personaje principal, Ana Arén, que me encantaría que tuviera continuidad en otras novelas.
    Enlace a la reseña original.
   Nos seguimos leyendo.

miércoles, 30 de julio de 2014

"La vida elíptica", de Marian Izaguirre: una novela de suspense con la metaliteratura como protagonista

http://www.megustaleer.com/ficha/P327999/la-vida-eliptica












Título: La vida elíptica
Autora: Marian Izaguirre
Editorial: DeBolsillo
Género: novela contemporánea, suspense, metaliteratura
Páginas: 208

Publicación: marzo 2014
ISBN: 9788490327999

Marta Salvador y Javier Azcárate, una periodista audaz y un académico observador, se unen para investigar la identidad del misterioso autor del best seller El corredor lateral.
   Luis González Dalmau, decano de la facultad de Filología de la Universidad Complutense, se ha suicidado. O eso parece. Para Javier Azcárate, las piezas no encajan: ¿qué hacía Luis, tan erudito y ocupado, leyendo en su despacho, al parecer con cierta urgencia, una novela de éxito firmada bajo seudónimo? La periodista Marta Salvador, obsesionada con el autor que firma con su mismo apellido y al que cree conocer bien, ha decidido investigar la muerte de Dalmau, convencida de que tiene relación con la novela. Entretanto nosotros, los lectores, intrigados por las circunstancias de una misteriosa tragedia, acabamos sumergidos en la vida íntima de los personajes mientras perseguimos el desenlace. Hasta la última página.
   Como ya ocurriera en La vida cuando era nuestra (el primer libro de la autora que leí, de ahí que la referencia que tomo sea esa, aunque la obra que ahora reseño es cronológicamente anterior -el copyright de la autora es de 1991, a pesar de que DeBolsillo lo haya publicado este año-), Marian Izaguirre vuelve a jugar con la metaliteratura y la novela dentro de la novela para ofrecernos, en este caso, un historia de suspense protagonizada por una periodista que busca casi obsesivamente al escritor o escritora que ha publicado El corredor lateral bajo pseudónimo. 
    Así, Izaguirre vuelve a introducirnos en el juego de espejos que supone que el protagonista de una novela lea una obra que el lector de la primera también lee, al menos algunos fragmentos. El corredor lateral aparece en La vida elíptica con una tipografía diferente para que quede claro su efecto metaliterario, un efecto que se potencia con el cambio de narrador: mientras que La vida elíptica está narrada en una tercera persona omnisciente que va centrando el foco en Marta, la periodista que protagoniza la novela, o en Javier Azcárate, el erudito en el que Marta se apoya para llevar a cabo su investigación, El corredor lateral se nos presenta en una desgarradora primera persona femenina que cuenta una experiencia personal a modo de autobiografía novelada.
    El trasfondo de suspense de la obra sirve a la autora para reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación, el quehacer del periodista o la visión que de determinadas épocas históricas se da en otras, como ha ocurrido con Mayo del 68. De hecho, El corredor lateral pretende ser una revisión crítica de aquella etapa idealizada y mostrar que el 68, en España, poco o nada tuvo que ver con el 68 europeo, por mucho que en la celebración del vigésimo aniversario muchos de sus "protagonistas" aseguraran que así fue. Así, frente a esa revolución idílica que estos supuestos protagonistas presentaron en el aniversario, la autora/narradora de El corredor lateral nos habla de una España católica, aún cerrada y tremendamente hipócrita.
   Hay otros temas que quedan simplemente esbozados en La vida elíptica y que me hubiera gustado que tuvieran más recorrido, como la corrupción política y sus consecuencias. Y, al cerrar la novela, esa es la sensación general que me ha quedado: que las historias, las reflexiones y las referencias podrían haber tenido más desarrollo, podían haber sido más profundas.
    En cualquier caso, he de decir que La vida elíptica me ha gustado. Me han gustado sus metáforas (la elipse como eterno retorno y la lateralidad del corredor como esas veces en las que sientes que la vida pasa a tu lado pero tú no la vives sino que la contemplas sin que te toque) y me ha vuelto a enamorar la manera de contar de Izaguirre, su estilo y su manera de levantar las tramas de sus novelas.
    Nos seguimos leyendo.

   Agradezco a DeBolsillo el envío de este ejemplar.
   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto100 libros: 60/100
  •  Reto Autores de la A a la Z: I 
  •  Reto Encuentra al personaje: 10/12

martes, 29 de enero de 2013

¿Qué quiero ser de mayor?

Foto: photoraidz
“Sin trabajo, toda la vida se pudre, pero cuando el trabajo no tiene alma, la vida se tensa y se muere” (Albert Camus, citado por Roman Krznaric en Cómo encontrar un trabajo satisfactorio)

     Ayer escuchaba a Lucía hablar con una niña sobre su futuro. Era la típica conversación del "cuando sea mayor quiero ser...". No pude evitar pensar qué quería yo ser de mayor, qué soy... y qué quiero ser cuando siga creciendo.
    Lo malo y lo bueno de esta crisis que a muchos ya se nos hace demasiado larga es que nos ha obligado a reinventarnos... para bien o para mal. Hay sectores que han quedado tan tocados por la recesión (como el mío, el del periodismo), que sus trabajadores han tenido que echarle imaginación, o ganas, o valentía, o han tenido que renunciar a su vocación, a lo que querían ser, a lo que les gusta hacer para dedicarse a lo que puedan, a lo que les dé algo de dinero para sobrellevar el día a día. 
   Otros hemos tenido la suerte de poder aprovechar la ocasión para intentar, si no cambiar de profesión, sí, al menos, buscar nuevos caminos dentro de lo que nos apasiona. Yo he invertido los tres años que llevo en el paro en preparar unas oposiciones para Educación Secundaria, en hacer un máster en literatura y en ir completando mi formación con cursos sobre materias que siempre me han llamado la atención. Lo malo es que no parece que nada de lo que he hecho hasta ahora sirva para nada. Ya he ampliado tanto la búsqueda que con cualquier trabajo que tenga que ver con leer, escribir o dar clase me conformo. Pero ni por ésas.
   Siempre he creído que hay que trabajar en algo que te guste. Que trabajar ya es lo suficientemente duro como para que encima no te motive lo que haces. Hay gente que no opina igual, que separa a la perfección su trabajo de su vida y de sus gustos, y va a trabajar porque hay que hacerlo y punto, sin esperar que su empleo les satisfaga, les haga sentirse realizados, les apasione, les haga levantarse cada día con fuerzas renovadas, les involucre hasta olvidar otras facetas vitales. Después de tres años en el paro, confieso que a veces me gustaría ser así. A veces deseo poder tragarme la insatisfacción y lanzarme a realizar cualquier trabajo. Y, si esto sigue así, será lo que tenga que hacer. Hasta ahora he sido una privilegiada (y ya me da coraje tener que considerarme privilegiada por ello, pero así están las cosas) por poder formarme y esperar una oportunidad laboral que me pueda resultar satisfactoria, pero el tiempo va pasando y esa oportunidad no llega. Y en mi casa tenemos la mala costumbre de comer todos los días.
   Si soy sincera... he de confesar que me siento estafada. Estudia, me dijeron; y yo estudié. Esfuérzate para sacar buenas notas, para quedar por encima de la media; y yo lo hice. Trabaja, trabaja, trabaja, en tu sector, pero en lo que sea, da igual lo que cobres, lo que hagas, trabaja y gana experiencia, mete la cabeza, luego ya habrá tiempo de escalar; y yo lo hice. Sigue esforzándote, échale horas, ponle ilusión, implícate, demuestra lo que vales; y yo lo hice, poniendo mi trabajo por encima de otras muchas cosas. Y... ¿ahora qué? Sigue estudiando, sigue formándote, aprende idiomas, enriquece tu currículum, aprovecha el tiempo; y yo lo hago. Pero sigo sin alcanzar el objetivo que ya cumplí un día: meter la cabeza.
   A veces siento que he vuelto atrás en el tiempo. A veces me siento como si tuviera otra vez 22 años y estuviera buscando mi primera oportunidad. Sólo que ya no los tengo y cuento con un bagaje y unas cargas que no tenía entonces. A veces me siento encerrada, sin caminos, sin opciones. 
   "Escoger una profesión ya no es solo una decisión que tomamos -con frecuencia, horriblemente mal informados- cuando somos unos adolescentes llenos de granos, o unos veinteañeros asombrados. Hoy se ha convertido en un dilema al que nos enfrentamos repetidamente a lo largo de nuestra vida profesional", dice Roman Krznaric en Cómo encontrar un trabajo satisfactorio. Y creo que, por muy mal que vayan las cosas, tiene razón. Antes de la crisis, ya pensé en un cambio de orientación, de profesión. Pero al final el día a día te va absorbiendo y no tienes tiempo ni para plantearte un futuro más allá de la semana en la que estás viviendo. Ahora sí he tenido tiempo. Tiempo para pensar y para formarme. Ahora lo que me falta es experiencia y oportunidades. Pero sin oportunidades no hay experiencia y sin experiencia no hay oportunidades.
   Una de las frases que más he escuchado durante estos años es que las crisis son una oportunidad, que hay que tomárselo como una invitación al cambio, no como una ocasión para la pérdida. Lo creo y quiero hacer de ello una llave para mi vida futura. Sólo que, ahora mismo, creo que ya he perdido la perspectiva y no sé ni dónde está la cerradura para abrir esa puerta. ¿Qué quiero hacer? ¿Qué quiero ser de mayor? ¿Alguien tiene alguna pista?
    Nos seguimos leyendo.

jueves, 17 de enero de 2013

"El fin de una época", de Iñaki Gabilondo: una acertada reflexión sobre la crisis del periodismo

   Más allá del ejercico puro y duro de mi profesión, siempre me ha interesado la reflexión sobre el quehacer periodístico. Si esa reflexión viene de la mano de uno de los grandes del periodismo español, mejor que mejor. Por eso, en cuanto vi este libro supe que lo iba a leer. Y Anika entre Libros me dio la oportunidad. No me defraudó (en absoluto). 


EL FIN DE UNA EPOCA. Sobre el oficio de contar las cosas
(El fin de una época. Sobre el oficio de contar las cosas, 2011)
Iñaki Gabilondo

Editorial DeBolsillo
© Iñaki Gabilondo, 2011. Con la colaboración de David Guzmán.
© Barril y Barral editores, 2011 (edición original en castellano)
© Random House M

1ª Edición, Septiembre 2011
Género y tags: ensayo, periodismo, periodismo digital, periodismo español siglo XX, medios de comunicación, literatura

ISBN: 9788499891248
174 Páginas
   
Argumento:

      Iñaki Gabilondo  ofrece en este ensayo su particular visión sobre la crisis que actualmente vive el periodismo, motivada, principalmente, por la revolución digital. Cimentando sus opiniones en su propia experiencia y en su acertada visión sobre el papel que debe desempeñar el periodista en la sociedad, Gabilondo augura que éste no será el fin del periodismo. Eso sí, supondrá una profunda renovación, sobre todo de los soportes y las formas de contar, en la que hay un factor al que no se puede renunciar bajo ningún concepto: la protección de los valores propios del oficio.

Opinión:

    Iñaki Gabilondo, uno de los periodistas más prestigiosos y valorados (tanto por la propia profesión como por la audiencia) de España, analiza el estado actual del periodismo, describiendo las que, desde su punto de vista, son las lacras más importantes que debe vencer y los caminos que deberá tomar a partir de ahora. Gabilondo utiliza su propia experiencia como punto de partida para tal análisis. Un análisis que él dirige a los periodistas más jóvenes, los que deberán tomar el relevo en los puestos directivos a los que actualmente los ejercen… pero que también puede (y, en mi opinión, debe) extenderse a todos los periodistas que realmente lo sean, jóvenes o no tan jóvenes, trabajen para la prensa escrita en papel, para medios en internet, para radio, para televisión o para cualquier tipo de gabinete de prensa.
    Y  es que, si algo defiende Gabilondo es que, a pesar de los avatares concretos del momento, de los cambios de soporte, de la hegemonía del dinero o de la avalancha tecnológica que todo lo transforma, el periodista debe tener clara una meta: la defensa de los valores de su oficio. Y ésa es una máxima que deben (o debemos) aplicarse todos los periodistas, independientemente de su edad, cargo o tipo de medio.
   Gabilondo analiza cuáles son, actualmente, los factores que ponen en jaque el respeto a esos valores y destaca entre ellos la búsqueda de la rentabilidad económica por encima de cualquier otra cosa, la pérdida de enfoque del propio periodista (que a veces olvida que está al servicio de la sociedad y que debe defenderla de los abusos que el poder pueda cometer, y no al revés, como ocurre en ocasiones) o del gigantesco ego de aquellos periodistas que olvidan cuál es su verdadero papel (el de mensajero, el de correa de transmisión de la información, el de intérprete y contextualizador) y se erigen en protagonistas de la noticia. En su crítica a los vicios del periodismo actual español, Gabilondo no soslaya poner nombre y apellidos a quienes se han dejado vencer por ellos.
   El que fuera director de uno de los programas con más audiencia de la radio española (“Hoy por hoy”), también aborda otro de los problemas fundamentales a los que ya se está enfrentando el periodismo actual y al que deberá seguir adaptándose en los próximos años: el cambio de formato, el advenimiento de las nuevas tecnologías como forma más habitual de comunicación. Gabilondo augura que esto no significará el fin del periodismo, oficio que continuará vigente mientras haya algo que contar y exista alguien que quiera escuchar. Frente a quienes preconizaban que internet acabaría con el periodismo tal y como lo conocemos, al abrir ventanas a todo el mundo y convertir en potenciales comunicadores a todos los internautas que encuentren algo que decir al resto, Gabilondo se apoya en las experiencias vividas en este sentido en los últimos años para contradecir sus augurios: se ha demostrado que no todo lo que fluye a través de la red es información (con un valor añadido para el lector que la recoja) y que es necesaria una labor de contextualización que el comunicador ocasional no sabe (ni quizá puede) llevar a cabo pero sí un periodista formado para ello y acostumbrado a hacerlo para su medio.
   Eso sí, la revolución de las nuevas tecnologías supondrá una profunda renovación para el periodismo, que tendrá que adaptarse a nuevos soportes y, por tanto, a nuevas formas de contar. Y es que, por mucho que se empeñen algunos, no es lo mismo elaborar una noticia para la televisión (que cuenta con el apoyo fundamental de la imagen), que para la radio (que exige concisión, precisión, frases cortas y una forma de narrar directa y cercana, al mismo tiempo que llamativa, para lograr captar la atención del oyente que escucha la radio mientras continúa con las labores habituales de su vida cotidiana), que para un periódico escrito (con una audiencia bien definida), que para un medio digital (donde la intertextualidad puede ofrecer una jugosísima baza a la noticia), etc.
   Gabilondo analiza los vicios de los periodistas, pero también lanza una advertencia  a la población, a los potenciales oyentes y lectores (advertencia que también sirve para los profesionales de la comunicación): la información no es lo mismo que el conocimiento. Estar informado no es suficiente para conocer. Además, hay que vivir el mundo que habitamos: leer, ir al cine, al teatro, sentir nuestra cultura y nuestra forma de entender las cosas, asistir a conferencias.... Todo ello nos ofrece el contexto que nos sirve para interpretar lo que ocurre cada día.
   De alguna forma, este libro es un adiós. Gabilondo admite que los profundos cambios que debe abordar el periodismo desde ya mismo le pillan mayor, que él es un periodista clásico, con una forma de entender la vida y su profesión que queda desfasada ante la inmediatez y las formas comunicativas que ya empiezan a dominarlo todo. La obra viene a confirmar, con palabras (y el riguroso análisis del que hemos estado hablando) un retiro que Gabilondo ya ha llevado a la práctica: ha cambiado la inmediatez del pulso diario de la información por el placer de la entrevista sosegada y la comunicación trabajada y sin prisas.
    Los 40 años de profesión de Gabilondo, su coherencia y el respeto escrupuloso a unos principios en absoluto desfasados (compilados en esta obra) sirven de ejemplo y modelo para otros muchos periodistas, sea cual sea el punto de su carrera en el que se encuentren. Sus palabras son una verdadera caracterización y definición de lo que significa dedicar tu vida al oficio de contar las cosas que pasan.
   Enlace a la publicación original en Anika entre Libros. 
   Nos seguimos leyendo.

jueves, 31 de mayo de 2012

¿Por qué "Juntando letras"?

    Acabo de darme cuenta de que no os explicado por qué la columna que escribía en el periódico se llamaba "Juntando letras" y, por lo tanto, por qué este blog se titula "Juntando más letras". Mi primera columna lo hacía.


    En el mundillo de los medios de comunicación, una de las (muchas) maneras de denominar a un periodista en sentido despectivo consiste en llamarle ‘juntaletras’. Ciertamente, le quita mucho contenido a la profesión... pero, sinceramente, no lo encuentro tan peyorativo como otros.
    Porque juntar letras, hilvanar palabras y conseguir decir lo que uno quiere decir no es tan fácil como parece. En la redacción nos acribillamos a preguntas los unos a los otros: qué queda mejor, cómo se dice cuando..., decidme un sinónimo de... Todo para lograr que las letras, una vez juntas, tengan justo el sentido que uno quiere que tengan. A eso se le llama precisión. Lo enseñan en la facultad... pero no es tan fácil de conseguir. La lectura (y quizá también la escritura) entre líneas, las malinterpretaciones y los dobles sentidos son más frecuentes de lo que uno quisiera.
    Todo ello en el ámbito periodístico. Pero si viajamos al mundo de los sentimientos, lo de juntar letras se hace más difícil todavía. Y lo peor es que aquí sí que no tienes la posibilidad de acudir a una facultad durante cuatro o cinco años para aprender algo. La ‘universidad de la vida’ (dicen) es la mejor escuela. Pero a veces creo que sería mejor que también nos dieran unas clases sobre cómo expresar lo que uno siente, con precisión y, sobre todo, con valentía.
    Porque, ¿se han fijado cuánto cuesta, en general, hablar de lo que uno siente de verdad? ¿Se han dado cuenta del esfuerzo que hay que hacer para decirle a alguien (compañero, subordinado, pareja, hijo, amigo...) que ha hecho algo bien? No digamos ya pronunciar palabras tan terroríficas como ‘te quiero’ o ‘confío en ti’, ‘me he equivocado’ o ‘eres importante para mí’. Y eso que de juntar bien letras como éstas depende buena parte de nuestra felicidad.

jueves, 5 de abril de 2012

En la encrucijada

   

   El mundo ha cambiado y los periodistas (o, por lo menos, las empresas periodísticas) parece que nos negamos a reconocerlo. Ya no buscamos noticias, esperamos a que nos lleguen, a través de las redes sociales, de Google Reader, de Blogger... Hemos seleccionado los temas que nos interesan y no recibimos nada ajeno a ellos. ¿Para qué vamos a comprar un periódico de 56 páginas si sólo nos interesan ocho?
    La revolución digital ha llegado y nos ha pillado con la crisis al aire. Preocupados por mantener puestos de trabajo, no hemos visto lo esencial: el radical cambio en la forma en la que la gente se informa. Ahora son potentes ordenadores los que realizan miles de operaciones para contextualizar las noticias y para ofrecer a cada uno la información que precisa y agradece. Son las máquinas las que se encargan de la edición de las recopilaciones informativas. Ahora sí que no hay lugar para la subjetividad, nada más objetivo, inmaculado y aséptico que un ordenador. Pero, también, nada más inhumano.
  Y ni siquiera cabe el consuelo de que, al final y al cabo, esa información que recibimos en nuestros dispositivos está elaborada, en última instancia, por alguien: en la mayoría de los casos, no son periodistas los que la redactan. Son aficionados, expertos en cualquier campo, conocedores de alguna especialidad, que tienen algo que contar y se toman la molestia de hacerlo.
  ¿Habrá comenzado ya el final de la prensa? En este video la dan por finiquitada para el 2015. O mucho cambian las cosas…. o tal vez tengan razón.

Nos seguimos leyendo.

viernes, 30 de marzo de 2012

La posthuelga y el periodismo


    

    Los periodistas tenemos mala fama… y la verdad es que a veces parece que nos lo hemos ganado a pulso. Hoy es un día de esos en que creo que quienes piensan mal… aciertan. No hay más que ver las noticias, las portadas, los informativos de televisión, las tertulias… para darse cuenta de que algo va, muy mal, en nuestra profesión. Porque, ¿cómo puede ser que se ofrezcan al público dos versiones taaaaaan diferentes de lo que ocurrió ayer, del seguimiento de la huelga general?
Los montajes que comparan portadas, fotografías o imágenes de medios de un lado y de otro han circulado hoy por las redes sociales, indignando (lógicamente) a quienes se han tropezado con ellas al mirar su muro o abrir su Twitter. No es para menos. ¿Dónde quedó eso de la imparcialidad (no objetividad, que ésa es imposible desde el momento en el que la información pasa por el filtro del periodista) que nos enseñaron en la facultad?
    Yo me lo creí, cuando me lo contaron mis profesores. Y eso que, como diría uno de ellos, Arturo Merayo, aún andaba con el lirio en la mano. Nunca quise ser corresponsal en “guasintón”… pero la inocencia siempre ha sido uno de mis pecados capitales. Por lo que se ve, sigue siéndolo.
El descrédito es total. El público frecuenta los medios que saben que van a contar la realidad que se ajuste a su ideología. En la facultad siempre me hablaban de escuchar varios medios para hacerse a la idea de qué había pasado en realidad… y yo siempre me preguntaba: pero… ¿realidad no hay solo una, como la madre? Pues se ve que no, que realidades hay tantas como bocas que la cuentan y que uno no puede decir alegremente “este cura no es mi padre”.
    Me parece aún más grave teniendo en cuenta los tiempos inciertos que vivimos. La crisis ha sacado a la luz la verdad de muchos medios: que estaban al servicio de intereses ajenos a la información y que, cuando se torció la bonanza económica, era mejor pasar a otra cosa mariposa; que son un bien de consumo totalmente prescindible para quien se tiene que apretar el cinturón y capear el temporal con 400 euros (si tiene suerte) al mes; que siempre se pueden recortar medios y personal; y que los canales de información y ocio digitales (y gratuitos) le tienen la partida casi casi ganada a la prensa de toda la vida.
    Hace unos meses, leí un libro de Iñaki Gabilondo en el que analizaba cómo la era digital está transformando al periodismo. “El fin de una época”, se titulaba (con gran acierto) este ensayo en el que el periodista volcaba su interpretación de lo que está ocurriendo y sus interrogantes sobre lo que ocurrirá a partir de ahora, siempre con la base real de su (larga) experiencia. Instaba a los periodistas a que tomaran la rienda de la información más allá de empresas, políticos y situaciones económicas e insistía en abrir los ojos a la gente: la información no es lo mismo que el conocimiento; estar informado no es suficiente para conocer. Y si uno no puede estar ya ni siquiera (bien) informado… pues para qué seguir hablando. Gabilondo, en el fondo, era optimista y creía que encontraremos el modo de continuar adelante, como hizo la prensa ante la revolución que significó la radio y como hicieron estas dos cuando la televisión comenzó su reinado. Yo… no lo tengo tan claro. Creo que la crisis es profunda. Y lo es en el corazón (y la conciencia) de muchos periodistas casi tanto como en la credibilidad que nos otorga el público. Y si un periodista pierde su credibilidad… entonces, ¿qué queda? 

Por cierto, si os ha interesado el libro de Gabilondo, podéis leer la reseña que hice para Anika entre libros aquí.

Seguimos leyéndonos.
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