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miércoles, 18 de julio de 2012

Taras para toda la vida


    Dicen que hay tantas lecturas de un libro como lectores. Yo creo que hay más, porque un libro no te cuenta lo mismo en una época de tu vida que en otra. Tus experiencias son diferentes, tu conocimiento de la realidad y de la propia literatura, tus circunstancias en ese momento… En definitiva, hasta cierto punto, no eres la misma persona. Por eso, el libro te cuenta unas cosas y no otras dependiendo de cuándo lo leas. Por lo menos, a mí me pasa.
    Por eso, polémicas y calidad literaria al margen, a mí lo que me ha contado la trilogía “Cincuenta sombras de Grey” es la espeluznante historia de Christian Grey. (¡¡ADVERTENCIA!!: No sigas si no has leído la trilogía y estás interesado en hacerlo, porque voy a destripar parte de la historia, la clave que explica todo o casi todo). Pensar en ese niño con el pecho lleno de quemaduras de cigarrillos, que come guisantes congelados directamente del frigorífico porque está muerto de hambre y no encuentra nada más que llevarse a la boca, que toca a su madre muerta y la encuentra tan fría que la tapa con su pequeña mantita de bebé para intentar que entre en calor (un poco a lo Dexter, pero si baño de sangre); ese niño que no habla, que no soporta el contacto físico, que rechaza los abrazos, que nunca ha sentido lo que es que te hagan cosquillas y reír hasta no poder respirar… me parte el corazón. La risa de mi hija es el mejor regalo que puedo recibir cada día, es la melodía que más me conmueve, que más me llena; por eso trato de que ría todos los días, de que riamos juntas al menos una vez al día. Que un padre o una madre o cualquier adulto ligado a ese padre o esa madre prefiera el dolor a la risa… me dan escalofríos solo de pensarlo. Sé que es ficción, pero, lamentablemente, hay muchos casos reales así. O peores. Y eso sí que me hace desconfiar de la raza humana.


    Nunca he entendido que alguien pueda hacerle daño a un niño, pero desde que soy madre, los casos de maltrato, abusos, abandonos… me encolerizan y angustian a partes iguales. No comprendo, no me cabe en la cabeza, no puedo empezar ni a imaginar los motivos, traumas o emociones que llevan a una persona adulta a maltratar de ningún modo a un ser tan inocente e indefenso como un niño. Justo el lunes por la noche, después de acabar la trilogía, vi una información sobre abusos a menores en el Telediario (a partir del minuto 36:20, más o menos)… y desde entonces no he parado de darle vueltas al asunto.


    Ser padre es un ejercicio de responsabilidad y de madurez, porque exige mucho. Los niños te ponen a prueba, desafían tu paciencia y tu capacidad de reacción constantemente y es necesario tener una altísima dosis de autocontrol para sobrellevar la situación. Es cierto que a esto, como a casi todo, se aprende. Nadie nace siendo un buen padre, todos cometemos errores. Pero creo que la clave está en no perder la perspectiva, en no dejarte llevar por la rabia, el enfado o el miedo que puedas sentir en un determinado momento. El amor, el respeto hacia tu hijo y pensar siempre en lo que es mejor para él son, para mí, las claves que me frenan en esos momentos, las que me ponen en mi sitio y me ayudan a pensar en esos momentos de ofuscación. Pero maltratar o abusar sistemáticamente de un niño no entra en esta categoría. No creo que sea cuestión de autocontrol pero tampoco soy capaz de imaginar qué hay dentro de la cabeza y el corazón de alguien que hace algo así. ¿Falta total de empatía? ¿Traumas propios? ¿Carencia absoluta de sentimientos? Ni idea.
    Las consecuencias pueden ser devastadoras. Grey es solo un ejemplo literario y muchos de los asesinos de series como Mentes Criminales lo son en el plano televisivo pero lo cierto es que son miles los ejemplos de realidad. Y lo peor es que no hace falta llegar a tanto. Conocí a una mujer incapaz de trabajar en nada porque el carácter autoritario de sus padres había mutilado su autoestima hasta el punto de que ella se veía inútil para hacer cualquier cosa.
A una amiga mía le pasó algo parecido. A base de bromas, de comentarios jocosos, uno de sus progenitores había conseguido que llegara a crear que no valía nada. El tono pseudo-humorístico de tales comentarios le hacía dudar así que, por si las moscas, decidió crearse un personaje, una mujer valiente, capaz, profesional que le permitiese ser valiosa en lo laboral, al margen de lo que sintiera por dentro. Y lo consiguió. Nadie cree lo que piensa y siente en realidad, porque se la ve tan segura, tan preparada, que parece imposible que sea (o, más bien, se sienta) todo lo contrario por dentro. Es lo que le pasa a Grey: se parapeta detrás del gran papel de su vida, el de presidente de una grandísima compañía, y así logra pasar el día controlando sus miedos y su ira, autocontrolándose. Pero la procesión va por dentro. Mi amiga duda de sí misma a cada instante, no se siente capaz de dar un paso porque no se cree capacitada para hacerlo. Sólo cuando se pone la máscara, sigue adelante. Grey recurre a la ira cuando la situación le supera y a las relaciones sexuales violentas consentidas y controladas. Mi amiga hace tanto uso de su máscara, que ya duda de quién es en realidad y, en el fondo, se siente una gran farsante, una gran mentira.
    Es muy difícil superar con éxito una situación de abuso, de maltrato o que, simplemente, la persona o personas sobre las que gira tu mundo, las que son tu modelo de comportamiento, las que trazan tu mapa sentimental cuando eres niño te ofrezcan patrones totalmente equivocados. Si te apartan cuando intentas demostrarles cariño, si sólo se fijan en lo que haces mal, si no te dejan crecer como persona, si minan tu autoestima, si ponen coto a tu independencia, si no sientes su amor cuando tu personalidad se está formando, tu forma de ver el mundo, de relacionarte con los demás, de querer, de empatizar, de tratar al resto de las personas tiene que verse alterada. En algunos casos, gravísimamente. Y hasta para siempre.
    Nos seguimos leyendo.

sábado, 30 de junio de 2012

Niños y mariposas

     
    Esta noche he tenido un sueño en el que llevo pensando durante todo el día. Por escasez de personal (crítica subconsciente a los recortes en educación, interpreto), en el colegio de mi hija habían convertido a todos los niños en mariposas. Así era más fácil tenerlos controlados. Mi chico y yo íbamos a recogerla, sin saber nada de su transformación. La directora no sabía cuál de todas las mariposas era mi hija. Una profesora nos dijo que creía que estaba en su clase, que pensaba que podría ser aquélla. La miramos y creímos que podría ser. Intentamos cogerla, pero ella revoloteaba y se nos escapaba. Cuando, por fin, conseguimos atraparla, la encarcelé con mis manos, pero me entró un miedo atroz a hacerle daño, a romper sus alas, sus patas o, incluso, peor: a matarla. Puedes imaginarte la angustia que sentía. Todo el daño que le hiciéramos en su estado de mariposa perduraría cuando se convirtiese en persona. Así que con todo el cuidado, todo el amor, todo el miedo, la guardé entre mis manos y la saqué de colegio. 
    Nada más salir, comenzó la transformación. Notaba cómo mi hija se retorcía, se estiraba, luchaba por recuperar su cuerpo. Yo la agarré de las manos para ayudarla, tirando de ella hacia fuera, animándola a salir, a volver, a cambiar de estado. "¡Ánimo, mi amor! Papá y yo te estamos esperando. Yo te ayudo. Vuelve con nosotros, cielo".
     En cuanto regresó y, llena de orgullo, la abracé, me desperté. Me levanté y me acerqué a su cama, para ver si estaba bien. Toqué su barriguita, para comprobar que se movía al compás de su respiración. Volví a la cama sintiéndome como después de una pesadilla, asustada; temiendo que ese sueño fuera un presagio de algo malo. Siempre que sueño algo así, luego tengo miedo a que sea una advertencia sobre alguna calamidad que esté a punto de sucedernos.
    Pero después de repasar el sueño una y otra vez durante todo el día, ya más tranquila y con toda mi consciencia a pleno rendimiento, he de confesar que he encontrado un simbolismo que me parece de lo más acertado: los hijos son un regalo, seres frágiles y maravillosos a los que hay que cuidar y proteger de todo mal. Porque todo lo malo que les ocurra en su infancia quedará como una mancha, como una tara, como una marca en su personalidad futura. Son nuestra responsabilidad, por lo que hay que tomarse muy en serio el modo en el que los protegemos, en que los tratamos y los cuidamos. A veces ponemos nuestra mejor intención, pero rasgamos una de sus alas. Y ese rasguño queda para el futuro. Y debemos ayudarles, enseñarles el camino para dejar de ser hermosas mariposas y convertirse en personas maravillosas, completas, sanas y capaces. Y esa ayuda debe ser física pero también moral, psicológica, ideológica y, sobre todo, sentimental.
    El futuro de mi hija, lo que llegará a ser, las trabas que encontrará en el camino, algunas de ellas por mi culpa, me obsesiona. Es mi mayor preocupación como madre. Dudo mucho sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre las consecuencias que tendrá una decisión tomada hoy. Pero afortunadamente no estoy sola en esta tarea. Y, al fin y al cabo, la maternidad es un salto de fe, un salto que das conscientemente, sopesando todos los pros y todos los contras, pero cuya trayectoria no se puede calcular al milímetro. A veces, no queda más remedio que cerrar los ojos y confiar en que todo saldrá bien. Porque has luchado y te has esforzado porque sea así. Y porque sigues haciéndolo.
    Nos seguimos leyendo.

lunes, 19 de marzo de 2012

Padres


    Por mucho que haya quien se empeñe en defender que sólo la familia tradicional merecer ser llamada como tal, lo cierto es que la realidad demuestra que familia hay más que una y que sus tipologías se multiplican con el paso de los años. Y dentro de estas transformaciones que experimenta, más que el concepto, la vivencia de las familias actuales, mención aparte merecen los cambios que pueden observarse en el papel que juegan los padres. 
    Dado que cada vez son más las mujeres que apuestan por una maternidad responsable y en solitario y las facilidades que la ciencia ha puesto en manos de ellas para hacerlo, son muchos los que abogan por una ‘desaparición’ o, al menos, minimización del papel del padre.
     En contra de esta corriente de opinión se encuentran, entre otros, las administraciones públicas, que idean propuestas, dentro de sus iniciativas para conciliar la vida laboral y la vida familiar, para implicar a los hombres en la crianza de sus hijos. De igual modo, cada vez son más los hombres que solicitan excedencias para cuidar de su prole, los que se implican en la educación y mantenimiento de ella y los que ven que los hijos no son sólo cosa de las madres.
    Junto a ellos se encuentran también los hombres que reivindican sus derechos como padres. Y, entre ellos, los separados o divorciados que exigen un cambio en las decisiones judiciales que otorgan la custodia a las madres, abogando por una custodia compartida que les permita disfrutar de sus hijos más de dos días a la semana.
    Está claro que los padres de hoy poco tienen que ver, para bien o para mal, con los padres de ayer. La pregunta por resolver es cómo serán los padres de mañana.
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