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martes, 30 de diciembre de 2014

"Las olas", de Virginia Woolf: una forma muy diferente de contar

Las olas (Virginia Woolf)

Título: Las olas
Autora: Virginia Woolf
Editorial: DeBolsillo
Género: novela
Páginas: 304
Publicación: Octubre 2011
ISBN: 9788499890470

  Desde el momento de su publicación, Las olas ha sido considerada una de las obras capitales de la narrativa contemporánea, tanto por la original e hipnótica belleza de su prosa como por la perfección de su revolucionaria técnica. Con el paso de los años, su influencia en la literatura ha ido acrecentándose. La novela desarrolla, al compás del batir de las olas en la playa, seis monólogos interiores que, como un tapiz a cada instante tejido y destejido, formulan el relato caleidoscópico de la vida de seis personajes desde su infancia hasta la vejez.
   No me esperaba que Las olas fuera como ha sido. Es lo que tiene lanzarse a la aventura de estrenar libro sin leer nada antes de hacerlo. Pero me gusta que me sorprendan, que me propongan retos que hay que ir solucionando y que encuentre por mí misma la salida al laberinto que construyen para el lector algunos autores.
   Y es que al principio, no sabía ni quién hablaba ni cuándo. Toda la novela está construida a través de una serie de monólogos interiores de diferentes personajes. Pero lo curioso es que están escritos en presente pero introducidos por un verbo dicendi en pasado (así: "Veo un aro que pende sobre mí", dijo Bernard), así que hasta que entré un poco en la novela no conseguí hacerme con esta técnica que fue revolucionaria en su época (según leí después en la sinopsis) pero que todavía hoy sigue siendo sorprendente. 
    Obviamente, lo primero que pensé fue ¿y por qué este cambio de tiempos de verbales? Lo primero que se me ocurrió fue que el uso del presente actualiza los recuerdos. Cada uno de los protagonistas habla desde un pasado de algo presente, así que pensé que les ocurriría como cuando traes hasta tu memoria un recuerdo muy querido y, por unos minutos, quizá solo segundos, te parece que estás viviéndolo otra vez. Es el presente de lo que nunca muere, el presente de lo que permanece. O, como dice uno de los personajes, "todas esas cosas ocurren en un segundo y duran para siempre". El hecho de que los primeros recuerdos fueran de la infancia fue el detonante de esta primera deducción mía, pero a lo largo de la novela empecé a tener otras sensaciones: en otros momentos, ese presente es el presente de la incertidumbre, del qué pasará. Lo vi muy claro con las dudas sobre el futuro que tiene Bernard cuando se reúne con sus amigos después de comprometerse. ¿Cómo será mi matrimonio? ¿Qué pasará con mi relación con mis amigos cuando tenga a alguien con quien compartir la vida? Aunque eran hechos pasados, el presente ponía una nota de inestabilidad, de inseguridad, de falta de certezas.
   En un momento dado, hasta uno de los personajes habla de los tiempos verbales: "Cada tiempo verbal tiene un significado diferente. En este mundo hay un orden; hay distinciones, hay diferencias, en este mundo en cuyo umbral me encuentro. Sí, porque esto es sólo el principio". Así que pensé que el juego de presente y pasado continuo también era una forma de desordenar el inevitable orden cronológico de la vida. Muchas veces la literatura ordena los hechos pero también es verdad que a veces es necesario desordenarlos para comprender las relaciones (en ocasiones invisibles a primera vista) que se establecen entre ellos. O, tal vez, Woolf solo nos proponga un juego, un vaivén en el que el tiempo o el orden de lo acontecido es lo de menos y lo de más es la importancia de cada una de las escenas que se nos pintan. Aunque también es verdad que esas escenas, aunque elegidas a posta y entre las que median, en ocasiones, incluso varios años, están dispuestas a lo largo de la novela en riguroso orden cronológico: desde la niñez hasta la vejez.
   Finalmente, cuando avancé bastante en la novela y vi que el tema de las olas era un escenario permanente y una metáfora constante, se me ocurrió que ese juego de presente y pasado también producía un efecto de imitación del vaivén de las olas, lo mismo que la propia estructura de la obra en la que se intercalan estas escenas de las que hablo con una serie de descripciones poéticas, en cursiva, en las que el paisaje, el mar y sus olas son protagonistas. Este juego que se establece entre la narración y la descripción potencia la sensación de ir y venir de las olas y, además, establece un paralelismo muy bello dentro de la propia obra: en las narraciones de los niños que se acaban convirtiendo en ancianos a medida que uno lee, la autora nos guía a través de algunos de sus episodios de sus vidas, desde su niñez hasta su ocaso, mientras que en las descripciones, es el día el que va desperezándose, alcanzando su culmen y viajando hasta la puesta del sol.


NARRACIÓN INDIRECTA Y SECUNDARIA

 

   Otro de los aspectos curiosos de esta novela es que, en contra de lo que suele ocurrir, Woolf nos propone una especia de narración secundaria e indirecta, por llamarla de alguna manera (desconozco si hay un nombre técnico para esta forma de contar las cosas. Tendré que investigar). Me explico: generalmente, en una novela se cuentan las cosas que van pasando. Por ejemplo, un grupo de amigos se reúne tras el compromiso de uno de ellos y lo que se nos cuenta es, precisamente, eso: que se reúnen, dónde se reúnen, si se abrazan al verse y, por supuesto, se transcriben los diálogos de las conversaciones que se están produciendo en la mesa. Sin embargo, Woolf hace que, de algún modo, nos enteremos de que se reúnen pero, en realidad, no sabemos qué ocurre ni de qué hablan porque lo que nos cuenta es lo que cada uno de ellos va pensando durante la comida, tenga o no tenga relación con lo que está pasando. De algún modo, esa forma de narrar (recuerdo, mediante monólogos interiores) da la impresión al lector de que se quiere contar lo profundo, lo que se esconde tras las conversaciones (quizá triviales) que se están produciendo entre ellos. Pero, al mismo tiempo, hace que tenga un conocimiento de los hechos indirecto, tangencial. 
  Es, desde luego, una manera peculiar de presentar tanto a los personajes como la propia acción de la novela. Conocemos a los personajes a través de sus pensamientos, muchas veces divagaciones poéticas, en vez de a través de lo que hacen y solamente, en ocasiones, sabemos qué han hecho gracias a lo que nos cuenta algún otro de los personajes. Uno de ellos habla de un biógrafo y esa es la idea: un biógrafo se quedaría en la narración de los hechos, obviando los pensamientos, deseos y frustraciones más íntimas, mientras que Woolf hace justo lo contrario. Nuevamente, una forma bastante indirecta de darnos a conocer lo que está ocurriendo en la novela. Al final, la impresión que queda es que lo que pasa no importa, que lo que importa es lo que cada uno es por dentro, lo que piensa, lo que siente, lo que echa de menos, lo que cree que pudo ser y se quedó por el camino.
   Porque también hay mucho de esto en la narración de Woolf: un análisis de las relaciones ocultas que se establecen entre ellos (amores no confesados pero también odios, aunque solo sean puntuales) y de las frustraciones personales de cada uno de ellos, sobre todo a medida que avanza la novela, es decir, la vida, de esos personajes y ven cómo sus días no han sido tan excepcionales como pensaron/imaginaron/planearon que serían.
   De igual modo, ese acercamiento indirecto, ese uso del monólogo interior en vez de la narración directa y este captar los pensamientos más sinceros de cada uno de ellos también nos habla de la radical soledad del ser humano, de esa individualidad que nos condena a pesar de estar rodeados de gente.
   Woolf selecciona una serie de escenas, la mayoría de ellas correspondientes a momentos en los que el grupo de amigos se reúne, para contarnos también la historia de la pandilla en sí, eso sí, a través de sus individualidades. Los monólogos se presentan, así, a veces como complementarios o encadenados (unos continúan o responden a otros) pero también en ocasiones asilados, sin relación entre lo que se ha dicho antes y lo que se dirá después, más allá del mero paso del tiempo, lo que potencia esa sensación de soledad e individualidad. No obstante, el balance final que percibe el lector es una visión de conjunto bastante equilibrada, con cierto perspectivismo, aunque compuesta por individualidades. Es como una flor: el lector ve el conjunto, la flor, pero esta no es más que la suma de sus pétalos y su tallo.
   El ritmo lento y el estilo poético ponen la guinda a este pastel tan sorprendente pero que transmite tantísimo, tanto en su forma como en su contenido. Desde luego, una novela magistral que propone bastantes retos al lector.
    Nos seguimos leyendo.

   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto autores de la A a la Z: W 
  •  Reto Grandes Monstruos de la Literatura: 3/10
  

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"A las ocho en el Novelty", de Carlos Díaz Domínguez: un thriller muy trabajado


http://www.edicionesb.com/catalogo/autor/carlos-diaz-dominguez/804/libro/a-las-ocho-en-novelty_3285.html


Título: A las ocho en el Novelty
Autor: Carlos Díaz Domínguez
Editorial: Ediciones B
Género: novela, thriller
Páginas: 456
Publicación: Septiembre 2014
ISBN: 978-84-9872-981-8

    Un tesoro perdido.
  Un antiguo y poderoso dirigente del KGB ciegamente obsesionado por poseerlo.
   Leonor Cortés, anticuaria salmantina afincada en San Juan de Luz, recibe de Anatoli Boychenko, un magnate ruso sin escrúpulos, el inquietante encargo de localizar el tesoro que Manuel Godoy escondió antes de perder todo en el Motín de Aranjuez, y que todavía permanece oculto.
  La investigación pondrá en inminente peligro la vida de Leonor. Sola y atemorizada, tendrá que buscar en su pasado a la única persona en quien poder confiar.
  Pero el Estado español teme que este asunto atente contra la historia de la Corona, y está decidido a impedirlo a toda costa...
   La mención al Novelty del título fue el detonante de mi ansiedad por tener y leer este libro. No sé si habrá más Noveltys en el mundo pero para mí solo hay uno y tenía ganas de comprobar si era el mío. Después, lo confirmé: efectivamente la trama se desarrolla en varios puntos geográficos y entre ellos estaba Salamanca. ¿Un libro ambientado en Salamanca? ¡Lo tengo que leer! Mi ansiedad iba en aumento. Salamanca es una ciudad muy literaria pero no es escenario de demasiadas novelas (aunque las hay, claro está) y me encanta la doble sensación que me provoca, por un lado, reconocer las calles y edificios de los que se habla en una novela y, por el otro,  imaginar a los personajes ficticios que he inventado a mi manera (con o sin las pinceladas que nos van dando los autores, porque a veces los personajes tienen un físico determinado en mi cabeza, aunque el autor me haya contado que es de otra manera) en lugares reales que he pisado mil millones de veces. Y fue gracias a Libros que hay que leer cómo, finalmente, el libro llegó a mis manos, además, dedicado por un autor que, sin duda, volveré a leer. Gracias a los dos.
    Porque, ante todo, he de decir que A las ocho en el Novelty ha cumplido mis expectativas, más allá del placer absolutamente personal de encontrarme con mi ciudad en las páginas de un libro y del pequeño vuelco en el corazón que me daba cada vez que leía "la salmantina", como Díaz Domínguez llama en muchísimas ocasiones a Leonor, la protagonista de la novela. Y ha cumplido mis expectativas porque me ha parecido un thriller muy bien desarrollado, con una trama bien armada y unos personajes redondos.
     El autor nos va llevando de la mano a través de medio mundo para contarnos la historia de Leonor, la anticuaria a la que un malo malísimo, Anatoli Boychenko, contrata/soborna/coacciona para encontrar el supuesto tesoro que Manuel Godoy, valido del rey Carlos IV, escondió antes de huir de España. Pero el tesoro material podría tener la clave también para un secreto que podría llegar a cambiar el rumbo de nuestro país: ¿era Fernando VII hijo de Carlos IV? O, lo que es lo mismo: ¿se sostiene la actual línea sucesoria real española?
    Con ese misterio de fondo, Díaz Domínguez nos sumerge en un  thriller lleno de acción en el que Leonor encontrará lo que andaba buscando sin saberlo: una nueva vida. Y aunque es verdad que durante el libro recupera el amor perdido de Enrique, el profesor de Peñaranda que le ayudará en su búsqueda del tesoro de Godoy, me ha gustado el final que le ha dado el autor. Quizá a muchos no le parezca redondo (y no voy a contar nada más) pero para mí tiene mucho sentido y da un empaque y una madurez a los personajes que, por momentos, se me iban perdiendo en la trama (el amor nos vuelve un poco tontos, en ocasiones...).
     Es esta una novela de malos sin escrúpulos (aunque alguno da alguna sorpresa) y de buenos entregados (aunque quizá un poco inocentes en algunas ocasiones) que nos cuenta una historia en la que hay de todo: misterio, persecuciones, asesinatos, amor, sexo, humor (¡ay! ¡Qué buenos ratos nos da el profesor Servando! ¡Qué personaje tan peculiar y entrañable!), viajes, dinero, espías, contraespías, poderes ocultos, mafias, engaños, tesoros, mentiras... Todo ello muy bien mezclado y entretejido con un estilo limpio y trabajado que te hace volar por la trama pero sin perder de vista el esfuerzo que ha hecho el autor para caracterizar a cada personaje (o, por lo menos, a muchos de ellos) por su manera de hablar o de expresarse.
    En definitiva, una obra que se lee muy bien, con un fondo muy interesante, una trama bien armada, un estilo sólido y unos personajes con los que es facilísimo empatizar (o todo lo contario). Una gran novela, sin duda.
     Nos seguimos leyendo.
   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto100 libros: 99/100 
  •  Reto Autores de la A a la Z: D
  

miércoles, 8 de octubre de 2014

"Entre tonos de gris", de Ruta Sepetys: los tonos más oscuros de la Historia

http://www.maeva.es/colecciones/exitos-literarios/entre-tonos-de-gris


Título: Entre tonos de gris

Autora: Ruta Sepetys
Editorial: Maeva
Género: novela histórica
Páginas: 288
Publicación: 2011
ISBN: 978-84-15120-25-4

  Junio de 1941, Kaunas, Lituania. Lina tiene quince años y está preparando su ingreso en una escuela de arte. Tiene por delante todo lo que el verano le puede ofrecer a una chica de su edad. Pero de repente, una noche, su plácida vida y la de su familia se hace añicos cuando la policía secreta soviética irrumpe en su casa llevándosela en camisón junto con su madre y su hermano. Su padre, un profesor universitario, desaparece a partir de ese día.  A través de una voz narrativa sobria y poderosa, Lina relata el largo y arduo viaje que emprenden, junto a otros deportados lituanos, hasta los campos de trabajo de Siberia. Su única vía de escape es un cuaderno de dibujo donde plasma su experiencia, con la determinación de hacer llegar a su padre mensajes para que sepa que siguen vivos. También su amor por Andrius, un chico al que apenas conoce pero a quien, como muy pronto se dará cuenta, no quiere perder, le infunde esperanzas para seguir adelante. Este es tan solo el inicio de un largo viaje que Lina y su familia tendrán que superar valiéndose de su increíble fuerza y voluntad por mantener su dignidad. ¿Pero es suficiente la esperanza para mantenerlos vivos?
   Siempre que pensamos en campos de concentración o de trabajo forzado pensamos en el holocausto judío pero pocas veces nos acordamos de lo que pasaron los ciudadanos de Letonia, Lituania o Estonia en aquellos mismos años. Quizá la razón la podamos hallar en la misma Historia posterior: una vez acabada la II Guerra Mundial, los judíos o los comunistas o los homosexuales o quienes por cualquier otro motivo padecieron aquellos horrores y sobrevivieron a la barbarie pudieron contar sus sufrimientos (con el dolor que ello también conllevaría) y hacer saber al mundo entero lo que había padecido. Pero en el caso de los países que acabaron bajo la soberanía rusa no solo la situación se prolongó durante décadas más, sino que la dictadura del silencio les impidió airear las vergüenzas de un régimen, de un dictador y de un sistema que llegó a matar a más personas que el propio Hitler.
     Esa es una de las razones por las que me ha gustado tanto esta novela: porque pone el acento en una época histórica sobre la que hemos pasado de puntillas. Quizá abrumados por la sinrazón nazi, no hemos querido admitir que situaciones parecidas se han vivido en otros puntos del planeta, que algunas se han prolongado durante décadas y décadas sin que hayamos hecho nada y, lo que es peor aún, que hay masacres colectivas y exterminios selectivos que se siguen llevando a cabo delante de nuestras narices sin que la comunidad internacional (ese paraguas que, me da la sensación, sirve en muchos casos para cerrarnos los ojos más que para abrírnoslos) diga ni haga nada.
     Ruta Sepetys nos mete de lleno, desde la primera página, en la tremenda odisea de Lina, una joven de quince años, y su familia, a quienes deportan un día porque sí. Más adelante conoceremos los motivos de su "delito", unos motivos que deshumanizan más a quienes creían que lo que hizo esa familia podría ser motivo de castigo y que provocan que sintamos una corriente de simpatía aún mayor por Lina, Jonas y Elena, los tres personajes centrales de la novela: la protagonista que nos habla en primera persona, su hermano y su madre.
    He devorado Entre tonos de gris. Y lo he hecho porque el ritmo es frenético: el primer párrafo ya nos sitúa en el corazón y de la acción y esta no descansa hasta el epílogo. En todo momento, he querido saber más: primero, qué pasa; luego, por qué; más tarde, qué les depararía el día a día a los protagonistas de la obra y, finalmente, cuál sería su destino final. La tensión, el dramatismo, la intriga y el ritmo no decaen en ningún momento de la novela.
    Esta rapidez se ve, además, acrecentada por la duración de unos capítulos tan cortos que se devoran casi sin darse cuenta. Del mismo modo, también contribuye a darle mayor agilidad los fragmentos en cursiva que aparecen en algunos de esos capítulos, en los que Sepetys dibuja la cotidianidad (el amor, el calor, la comida, la confianza, los planes de futuro) de la familia de Lina, una cotidianidad pasada que contrasta terriblemente con el sufrimiento extremo del presente, aunque sin exagerar el dramatismo.
    Creo que justamente esa es una de las características más destacables de esta novela: el equilibrio, la contención. Dadas las circunstancias que se nos describen, el tono podría haber sido mucho más melodramático. Y la elección de una primera persona como voz narradora (la de Lina) también podría haber dado lugar a un mayor número de momentos de decaimiento, remordimientos, autoflagelación, ira, condena, incomprensión... Los hay, claro está, pero ha dado la sensación de que están muy bien medidos para que el sentimiento no desborde el texto y convierta a la obra en una sucesión de anécdotas lacrimógenas. Hay dolor, claro que hay dolor. Todo lo que se cuenta es tremendamente dramático, pero creo que Sepetys acierta al narrarlo con contención, mostrando los hechos sin demasiada valoración y, sobre todo, con esa contraposición de la que hablaba antes con la vida pasada de la familia.
     Esta contención no le roba lugar ni al sentimiento ni a la reflexión. La hay en el texto y, sobre todo, la lectura la provoca en el lector. ¿Por qué alguien tiene que pasar por algo así? ¿Cómo podemos hacernos esto los seres humanos a nosotros mismos? ¿Cómo el ansia de poder puede estar por encima de la vida humana? ¿Cómo vivimos en situaciones extremas? ¿Qué lazos y qué sentimientos aparecen o desaparecen en ese contexto? ¿Es posible seguir amando entre tanto sufrimiento? ¿O es, quizá, precisamente el amor lo único que puede hacer que no se pierda la condición humana, la dignidad, la capacidad de sentir, de empatizar, de ayudar; el impulso de seguir viviendo?
     Ya estoy deseando poder hablar con la autora de todo esto, de la concepción de la obra, de la investigación y de proceso de escritura. Porque creo que tuvo que ser muy duro, tuvo que ser arduo no dejarse llevar por la parte melodramática y seguir construyendo una historia que conmueva y que haga pensar al mismo tiempo. Que ataque al corazón y a la cabeza. Y que se quede dentro del lector durante mucho mucho mucho tiempo.
     Nos seguimos leyendo.
   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto 100 libros: 86/100 
  •  Reto Autores de la A a la Z: S
  •  Reto Novela Histórica: 13/15 
  

martes, 9 de septiembre de 2014

"Ulises", de James Joyce: colocando al lector en el centro del laberinto

http://www.catedra.com/fichaGeneral/ficha.php?obrcod=1145774&web=01


Título: Ulises

Autor: James Joyce
Editorial: Cátedra
Género: novela experimental
Páginas: 1.104
Publicación: Julio 2005
ISBN:  978-84-376-1725-1

  El título evoca al protagonista de la Odisea de Homero, cuyo hilo argumental es seguido por Joyce con un sentido irónico y burlesco. Esta nueva odisea está protagonizada por un hombre de clase media, Leopold Bloom, que tiene que afrontar asuntos problemáticos relacionados con la familia, la Iglesia y el Estado a lo largo de 24 horas que dura el relato. Uno de los mayores logros de la novela es el monólogo interior, tanto del personaje central (al estilo del examen de conciencia jesuítico) como de su esposa, Molly Bloom. Obra fundamental de la literatura universal, considerada obra maestra y genial, constantemente citada y admirada como obra de referencia por todos los escritores. Se publicó por primera vez en París en 1922.
   Hay quien solo ve la relación entre la Odisea y el Ulises en el título y quien ha descubierto en ella una serie de paralelismos que unen irremediablemente a una y a otra (también hay quien cree que no hay tal relación y que todo son inventos de la crítica o que forma parte del peculiar humor de Joyce). Yo no soy quien para quitar o poner la razón a nadie pero sí he notado, mientras leía Ulises, una relación fundamental entre ambas: yo misma me he sentido como Odiseo en cada capítulo, porque cada uno de ellos es una aventura nueva capaz de sorprenderte y una nueva prueba que superar.
    Porque sí, es lo primero que hay que decir: leer Ulises no es nada fácil. Nada de nada. Yo me he sentido desesperada en muchas ocasiones y he probado ediciones diferentes (la que tenía en casa, una que encontré por internet y la de la biblioteca de Azuqueca) hasta que encontré la definitiva, la de Cátedra, que ofrece una traducción, un estudio introductorio y una lectura/interpretación de cada capítulo que me han ayudado mucho en mi odisea particular. Me hubiera sido imposible seguir el hilo de la historia sin las explicaciones que incluye, porque es muy fácil perderse, no saber de qué te está hablando, no identificar a la inmensa cantidad de personajes que van a apareciendo a lo largo de la novela y he de decir que Francisco García Tortosa (editor y traductor, junto con María Luisa Venegas) ha sido mi cicerone en esta aventura, mi Virgilio particular, capaz de guiarme a través del infierno (por supuesto, vaya desde aquí mi agradecimiento eterno).
   Así que sí, Ulises se parece a la Odisea (gracias a unas equivalencias que García Tortosa explica con tanta claridad como acierto) pero también me ha recordado al laberinto del Minotauro. Sin el hilo de Ariadna que ha supuesto para mí la introducción de la edición que he leído no hubiera conseguido salir de él, encontrar un orden al aparente (o, quizá, no tan aparente) caos que propone Joyce en su novela. Un caos que yo justifico a través de tres elementos: la infinidad de referencias de todo tipo que podemos encontrar, la variedad en cada capítulo y la experimentalidad del conjunto.


REFERENCIAS


  Las referencias de todo tipo y condición son uno de los grandes embrollos de esta novela. Hay referencias literarias, musicales, históricas...; referencias citadas y referencias en forma de estructuras o imitación de estilo; referencias a la propia obra del autor y hasta referencias a sí mismo y sus experiencias personales, todo ello aderezado con un peculiar sentido del humor. Resultado: es fácil no entender nada de lo que estás leyendo. 
   Yo necesité a mi Virgilio particular para poner un poco de luz en esta oscuridad y, aun así, hay pasajes que no he acabado de aprehender del todo. Ulises es un mundo en sí mismo y Joyce una enciclopedia andante (o escribiente) que pone en jaque al lector más formado. No digamos ya a mí misma.
   Creo que esta es una de las razones por las que la novela ha sido tan criticada: porque resulta indescifrable y hasta con ayuda es fácil que no acabes de entender algunos guiños, algunos giros, algunas referencias. Es una obra difícil de leer, no nos engañemos. No nos propone un viaje delicioso, interesante y atractivo, sino que nos pone a prueba, como al más valiente de los héroes clásicos, y uno no siempre está convencido de salir victorioso. Ni siquiera el hecho de acabar la novela me ha provocado una sensación de victoria.
   Porque a todo lo que acabo de decir sobre las referencias hay que añadir lo que García Tortosa explica en la introducción sobre la forma de escribir de Joyce: una sucesión de notas en papeles de colores que acaban convirtiéndose en uno o varios borradores que son corregidos hasta en varias ocasiones para dar lugar a una copia en limpio mecanografiada que, no obstante, volverá a ser revisada, corregida, ampliada o amputada, según el criterio del autor. Y si a todo esto se añaden sus problemas de visión, que le dificultaban la labor de entender lo que él mismo había escrito... en fin. Pero no acaba ahí la cosa, según mi Virgilio particular, hasta cambió la novela una vez publicada, de manera que hay pequeñas diferencias dependiendo de la edición que manejes (quizá de ahí vengan los problemas que te he comentado antes). 
    Resumiendo: que es muy difícil entender a Joyce, que la lectura de su novela se hace extremadamente ardua y que no puede uno enfrentarse a su Ulises esperando una historia con una presentación, un nudo y un desenlace sin más. Seguro que ya has visto este meme por internet: tiene, obviamente, su punto humorístico pero, como toda broma que se precie, tiene su parte de verdad. Y no hay más que decir.


UN GÉNERO Y UN ESTILO PARA CADA CAPÍTULO


  A este caos desde el punto de vista del contenido hay que sumarle las variaciones que introduce en la forma. Cada capítulo es diferente: uno imita un estilo y una estructura periodística (con titulares y una forma de expresión más o menos objetiva), otro se asemeja a una novela sentimental, otro pretende transmitir la eufonía y el ritmo de la música, otro es puro teatro (tal cual, con parlamentos y acotaciones teatrales), otro es casi histórico, otro está escrito con un estilo ampuloso y grandilocuente, otro (justo al contrario) pretende evocar la torpeza del principiante y así hasta 18. Y justo el capítulo 18, el último, es uno de los más oscuros y uno de los más famosos: el monólogo interior de Molly Bloom, la esposa del protagonista. 
   Molly Bloom cierra la obra poniendo un contrapunto femenino a una novela en la que hemos escuchado, prioritariamente, voces masculinas, sobre todo la de su marido, Leopold Bloom. Pero oímos a Molly como, según el tópico, muchas veces escuchan los hombres a sus mujeres, con un galimatías de frases que a veces no tienen ni sentido, porque aparecen incompletas. Joyce pretende ser fiel a la forma en la que pensamos y transcribe, así, lo que podría ser una corriente de conciencia real: sin puntuación, con frases que quedan en suspenso, con pensamientos que colisionan y se interrumpen... Pura experimentación, puro juego literario, una joya de valor incalculable para los autores que ahondan en la psicología del ser humano y la trabajan en sus novelas. Pero 53 páginas muy complicadas de asumir para el lector. Sobre todo porque en ellas hay datos fundamentales para la obra, para entender a Leopold y su relación con su esposa (y, según García Tortosa, están llenas de referencias y símbolos relacionados con la propia vida de Joyce y sus creencias). O sea que hay que leerlas y leerlas con atención.
   Es arduo, ya lo he dicho, pero es impresionante descubrir cómo el mismo autor puede cambiar de registro, de estilo, de tema y de formato de un capítulo a otro. Auténticos ejercicios de estilo, puro trabajo literario.


UNA NOVELA NADA COMÚN


   A las complicaciones ya aludidas hay que sumar, también la oscuridad que añade el propio lenguaje que utiliza Joyce, los vocablos que selecciona para construir su Ulises. Hay palabras duras, palabras malsonantes, palabras antiguas, palabras cultísimas y/o poco frecuentes (el tercer capítulo, por poner un ejemplo, comienza así: "Ineluctable modalidad de lo visible: al menos eso si no más, pensado con los ojos"), palabras de la calle, palabras en latín, palabras extranjeras, palabras reales y palabras inventadas (verdidorada, patigorda, doncellablancura) . De ahí que García Tortosa dedique un epígrafe entero de su introducción a hablar de la traducción, ciertamente complicada (y doy fe, sobre todo viendo algunas de las primeras ediciones que manejé). Hay un capítulo, por ejemplo, en el que Joyce habla de la evolución de la lengua inglesa pero lo hace con cierta sorna (para que te hagas una idea, un poco como el arcaizante Quijote y el estilo de las novelas de caballería que él convierte en su manera habitual de hablar) pero también hay juegos de palabras y juegos fónicos que, según explica el editor, son difíciles de volcar al castellano. 
   Otro de los elementos que hace de esta una novela única es el narrador, si es que puede considerarse que hay un narrador de la historia. Es cierto que determinados pasajes están contados con una tercera persona omnisciente pero Bloom habla al lector sin avisar, en primera persona, sin transición con respecto a esa voz en tercera persona. Un narrador que también se pierde, por ejemplo, en el caso del capítulo teatral (que ocupa 200 páginas, o sea, casi casi casi una cuarta parte del total), o en el monólogo final de Molly Bloom. Además, hay quien piensa (soy de las que ha leído varios estudios antes, durante y después de Ulises, contraviniendo la recomendación del nieto de Joyce, que cree que es mejor enfrentarse a la novela de su abuelo sin condicionamiento alguno) que el cambio de estilo del que he hablado podría significar que un personaje diferente lleva la voz cantante en cada capítulo, con lo que quedaría abolido ese narrador omnisciente, sustituido por una voz distinta para cada pasaje de la novela. 
   Por si todo lo dicho hasta ahora no fuera suficiente, el texto en sí es bastante opaco, no es unívoco y da pie a múltiples interpretaciones, lo cual obliga al lector a completar el significado de lo escrito. Ya sabes que a mí me encanta completar el significado de lo que sea y que me involucren en la construcción de un libro pero me resulta difícil hacerlo cuando no me han dado las claves suficientes para descifrar (no puedo decir que de forma correcta pero, al menos, sí debería ser satisfactoria para mí) el texto cifrado que parece componer el Ulises.
   Y ahí no queda la cosa: en la búsqueda de esos significados, hay quien ve (o quizá debería decir: la mayoría ve) un paralelismo entre vida y obra, entre la trayectoria vital de Joyce y su Ulises. Así, Bloom vendría a ser un Joyce maduro frente a Stephen Dedalus, que podría asociarse con el Joyce joven. García Tortosa también ve, por ejemplo, muchas similitudes entre Molly Bloom y Nora, la esposa de Joyce. De este modo, se crea un juego de espejos que, nuevamente, complica la aprehensión global del texto y su significado (sobre todo para cualquier lector no experto en el autor).
    Así pues, podríamos concluir que la experimentalidad que se desarrolla a lo largo de toda la novela y que afecta a todos los niveles de la obra (estructura, estilo, narrador, personajes y, por supuesto, contenido) empaña el tema del que quería hablarnos Joyce y provoca que el lector se sienta perdido en no pocas ocasiones. Es cierto que he disfrutado del hiperrealismo de la obra, de esos cambios y de su originalidad, pero no me siento muy segura al hablar de cuál es el tema central de la novela. ¿El reflejo costumbrista de un modo de vida? ¿El puro alarde de la capacidad creativa de Joyce? ¿La convivencia en pareja? ¿El amor y la infidelidad? ¿La pequeñez del hombre frente a la enormidad del universo? ¿El papel de la religión en la vida del ser humano? ¿La influencia de la literatura en cada uno de nuestros días? ¿La búsqueda del sentido último de la vida, del fin de nuestra existencia? No sabría quedarme con uno solo. Ni me atrevería a ello.
   Tampoco me atrevo a recomendar a nadie la lectura de esta novela ni a puntuarla, puesto que no puedo hacer uso de la escala que utilizo para calibrar los libros que voy leyendo. Ulises es una novela totalmente diferente, un camino lleno de obstáculos, un alarde de virtuosismo, una clase magistral de escritura creativa, un compendio de ejemplos de un manual de Teoría de la Literatura. Ulises es, como dice García Tortosa, proteica (es decir, que cambia de formas o de ideas) y, añado yo usando las palabras que Saussure utilizaba para definir el lenguaje, heteróclita y multiforme. Efectivamente, un gran monstruo de la literatura. Creo que el más terrorífico de todos ellos.
     Nos seguimos leyendo.
   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  • Reto 100 libros: 78/100 
  • Reto Autores de la A a la Z: J
  • Reto Grandes Monstruos de la Literatura: 1/10 
  • Reto Eternamente pendientes: 2/10
  • Reto 12 meses 12 libros: 8/12

martes, 19 de agosto de 2014

"La sombra", de John Katzenbach: un thriller tan inquietante como interesante

http://www.edicionesb.com/catalogo/autor/john-katzenbach/147/libro/la-sombra_1164.html


Título: La sombra

Autor: John Katzenbach
Traductoras: Cristina Martín, Laura Paredes y Raquel Solà

Editorial: Ediciones B
Género: novela negra, policíaca, thriller
Páginas: 464
Publicación: Noviembre 2007
ISBN: 978-84-9872-151-5

  En el Berlín de 1943 pocos vieron su cara, y nadie supo su nombre. Entre susurros era conocido como "Der Schattenmann", La Sombra, un despiadado delator judío que colaboraba con la Gestapo. Miami, finales del siglo XX. La vida del detective retirado Simon Winter da un giro repentino cuando recibe la visita de una aterrorizada vecina, una anciana cree haber visto a un fantasma del pasado. Cuando a la mañana siguiente aparece estrangulada, Winter es el único que sospecha la terrible verdad: un escurridizo asesino está exterminando a los supervivientes del Holocausto que viven en Miami.
   Me ha gustado mucho este thriller en el que me costó entrar por motivos quizá ajenos a la propia novela. Primero, porque la semana pasada estuvimos pintando la casa y nos dimos un palizón tremendo. No tenía ni fuerzas para sujetar el libro cuando quería ponerme con él, por la noche. Y, segundo, porque por un momento creí que iba a entretenerse en demasiados detalles alejados del núcleo central de la obra (algo que pensé mientras leía la minuciosidad con la que narra la detención de Jefferson), aunque a medida que continué avanzando en la novela me di cuenta de que sí, es verdad que a veces utiliza una narración tan detallada que ralentiza quizá en exceso la acción, pero que cada pieza de la novela está perfectamente medida para encajar en el puzle final. Como dice el detective protagonista cuando cae en la cuenta de lo útil que le puede ser el ex policía Simon Winter: me centré solo en lo fundamental y no vi lo accesorio. Bueno, pues en mi caso sería: quise que lo fundamental se desarrollase demasiado rápido y no me percaté que un buen thriller está perfectamente medido y que, por lo tanto, si se enreda tanto en contarnos la detención de Jefferson por algo será.
    Una vez superados estos obstáculos, pude disfrutar de una novela bien construida, que toca temas en los que quizá pensamos demasiado poco y que incluye procesos policiales/judiciales no muy frecuentes en las obras del género, como son, por ejemplo, las negociaciones y los pactos de la fiscalía o el propio trabajo de los fiscales.
   Hablo de temas en los que quizá no pensamos demasiado y parece mentira teniendo en cuenta que la trama central nos remite al Nazismo y al Holocausto. Pero es que es verdad que hemos visto muchas películas y leído muchos libros sobre cómo se vivieron aquellos años pero... ¿y qué pasa en la actualidad? ¿Cómo han vivido las víctimas de aquella brutalidad? ¿Han tenido una vida feliz, han podido dormir en paz, han construido una cotidianidad llena de amor y tranquilidad? ¿Han podido olvidar? ¿O, por lo menos, han podido convivir con sus recuerdos? Eso por no hablar de las preguntas que me surgen cuando pienso en los posibles supervivientes del otro lado, el de los verdugos. ¿Han sido capaces de continuar sus vidas sin remordimientos? ¿Han llegado a ser felices? ¿Han asumido la magnitud de lo que hicieron? ¿Habrá quien siga creyendo que lo que hicieron bien hecho está?
   La novela intenta responder a preguntas como estas y pone el dedo en la llaga al hacer mención de cuestiones tan abyectas como el Revisionismo (es decir, el movimiento que cree que el Holocausto no existió o que ha sido una exageración histórica) o la posibilidad de que haya verdugos infiltrados entre las víctimas, viviendo como ellos, viviendo CON ellos, por salvar su vida o por cualquier otro motivo.
   Más allá del thriller bien medido e interesante de leer que acabo de terminar, me quedo con todas estas cuestiones de fondo en las que no me había parado tanto a pensar como en la vivencia de los campos de concentración. Aunque sea de pasada, Katzenbach plantea otros temas relacionados que me han dejado preguntas y poso, como el sentimiento alemán tras todo lo ocurrido, la recuperación de la memoria y, sobre todo, la necesidad de que todo aquello no se olvide, que sigamos teniendo la certeza de que fue real. Porque van pasando los años y la muerte o la vejez van haciendo desaparecer a los testigos y van provocando que la persecución de los culpables sea cada vez más laxa (uno de los personajes habla de la pérdida de peso de estos casos en las instancias judiciales y policiales). Y solo si recordamos y mantenemos la certeza de que alguien fue capaz de tanto horror podremos (que no fue una exageración, como los revisionistas que aparecen en la novela quieren hacer creer) nos mantendremos algo a salvo de volver a repetir aquellos errores. Digo algo porque los informativos nos demuestran cada día que el hombre es un peligro para el hombre y que el odio, el rencor o el sentimiento de superioridad tienen más peso que la solidaridad, el amor, la empatía o la convivencia. Triste humanidad.
    Nos seguimos leyendo.

   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto 100 libros: 73/100 
  •  Reto Autores de la A a la Z: K
  • Reto Eternamente pendientes: 1/10 
  •  Reto 12 meses 12 libros: 6/12
  •  Reto Encuentra al personaje: 29/36
  En La sombra he encontrado al personaje que haga un dibujo de cualquier tipo que pedía el Reto Encuentra al Personaje. Se trata del dibujante que realiza el retrato robot de la Sombra:
 Hizo una seña al dibujante, el cual se estiró igual que un perro que acaba de despertarse cerca de la chimenea y se acercó con su maleta.
- Es todo suyo -dijo Robinson.
- Muy bien, señor Jefferson -dijo el hombre-. Vamos a proceder muy despacio. Hágase una imagen mental del hombre que vio. Yo voy a mostrarle una serie de formas de cara distintas, y muy pronto tendremos un retrato de ese individuo.
Jefferson hizo un pequeño gesto con la mano.
- Por mí, vale.
El dibujante sacó una serie de transparencias sobre unas hojas de plástico translúcidas.
- Empezaremos con la barbilla. Voy a enseñarle varias formas, y usted ha de concentrarse en lo que recuerda. Mándeme parar cuando dé con la forma buena.
- Oiga, detective -dijo Jefferson-. Si detiene a ese tipo, ¿pedirá la pena de muerte, igual que ha hecho conmigo?
- Desde luego.
Leroy asintió con la cabeza y arrugó la frente en un gesto de concentración. Volvió la vista a las láminas de plástico.
- Jamás hubiera imaginado que iba a ayudar a la poli a freír a alguien -comentó-. Pero ese tipo era un asesino. -Señaló una de las formas esparcidas en la mesa frente a él-. Vamos a empezar con ésa -dijo.
Robinson cambió de postura y observó el meticuloso proceso de ponerle cara a la Sombra
(páginas 321-322).

jueves, 17 de julio de 2014

"El nadador", de Joakim Zander: un thriller que ahonda en las caras oscuras del poder

http://www.sumadeletras.com/es/libro/el-nadador-2/


Título: El nadador
Autor: Joakim Zander                                      
Editorial: Suma de letras
Género: novela, thriller
Páginas: 440
Publicación:  4/6/2014
ISBN: 9788483656105

 Una tórrida noche en Damasco a principios de los años ochenta. Un agente estadounidense abandona a su bebé a un destino incierto, una traición que jamás se perdonará y que será el comienzo de una huida de sí mismo. Hasta que ya no se pueda esconder de la verdad. Hasta que se vea obligado a tomar una decisión crucial.
  Treinta años después, Klara Walldéen, una joven sueca que trabaja en el Parlamento Europeo de Bruselas, se ve envuelta en una trama de espionaje a nivel internacional en la que está implicado su antiguo amante y exmiembro de las fuerzas especiales del ejército sueco, Mahmoud Shammosh. De la noche a la mañana, Klara y Mahmoud se convierten en el objetivo de una cacería que se desarrolla por la Europa invernal, un mundo donde las fronteras entre países se han vuelto igual de borrosas que la línea que separa a aliado y enemigo, verdad y mentira, pasado y presente.
   El nadador es una novela de intriga que habla de deudas y desagravios. De la importancia y el peso del pasado. Y de que, al final, nunca puedes escapar de la persona que eres.
 Tenía muchísimas ganas de leer este libro pero cuando lo empecé, me desinflé: me costó mucho entrar en él, no entendía las relaciones entre los personajes y, sobre todo, no comprendía la razón por la que les estaban pasando las cosas que les ocurrían. Hasta más o menos la página 100 no conseguí meterme de lleno en la historia y empezar a empatizar con ellos. Bueno, con algunos, porque otros... Por ejemplo, a George no le he entendido en ningún momento. No he comprendido sus vaivenes, ni su forma de actuar, aunque quizá sea porque desde el principio se me hizo un personaje antipático y ya no hubo nada que lo arreglara. Y lo mismo me ocurrió con el nadador, el personaje que da título a la obra, el que nos habla en primera persona. Entiendo que el autor quisiera hacer de él un personaje oscuro y misterioso pero... no sé. Creo que quedan muy bien retratados sus angustias, sus remordimientos, sus desacuerdos y sus valentías pero, aún así, algo me ha fallado. Y no sé qué es.
    El autor arma la trama a través de la yuxtaposición de capítulos protagonizados por cada uno de los personajes de la obra. Con la localización espacio-temporal en el encabezado de cada uno de ellos, Zander nos va llevando a través del tiempo y del mapamundi para contarnos una historia que hunde sus raíces en el pasado. Todos los capítulos están narrados en tercera persona omnisciente y en pasado (y utiliza un narrador, para mí, con demasiado carácter, que emplea un tono quizá demasiado irónico para ser un narrador impersonal, demasiado pasota o vulgar en la elección de algunas palabras) excepto los correspondientes al nadador, que aparecen en primera persona y en presente. Este uso del presente también me ha resultado complicado: esté en la época en la que esté, el nadador habla en presente. Es cierto que ese presente ayuda a comprender los remordimientos del personaje y que da la sensación de que sigue viviendo en ese pasado que no ha podido superar pero también es verdad que me ha costado mantener la credibilidad de ese presente a lo largo de toda la novela: demasiados cambios de escenario y de tiempos como para creerme ese presente que actualiza los hechos.
    Manuela, de Entre mis libros y yo, comentaba en Twitter que el final le resultaba poco creíble. Yo he dudado en varios momentos de la historia de su verosimilitud. Es verdad que muchos thrillers, literarios o cinematográficos, plantean cuestiones parecidas pero, no sé, ¿de verdad es tan importante una sola persona? Y quizá suene frío lo que voy a decir (aunque las cosas que se cuentan en la novela lo reafirman) pero... ¿tan difícil resulta aniquilar a una sola persona y evitar que la bola se haga más grande? ¿Y por qué no en vez de perseguir a un testigo se actúa contra la estructura entera que se les ha ido de las manos? No sé, no sé. Algo no me cuadra.
    Sí me ha gustado mucho el ambiente europeo y lo que esboza sobre el trabajo en la sede de la UE y las relaciones que se establecen en su seno. Me ha gustado... pero también me ha cabreado, por supuesto. Igual que lo que ocurre con la trama americana. Al final la sensación que me ha quedado es la falacia de las democracias y el poder vendido a otros intereses ajenos a los ciudadanos.
    El último aspecto que quería valorar es el ritmo. Creo que el ritmo y la tensión son dos de los aspectos más importantes de un thriller, sobre todo si es considerado un page-turner, y mi impresión es que a esta novela le cuesta arrancar. O a mí me ha costado arrancar, como he dicho antes. Sin embargo, a partir de la página 100 sí se vuelve adictiva, con un ritmo endemoniado en la trama que se potencia con capítulos cortos que hacen que te pongas en el tramo final de la novela casi sin darte cuenta. Y ahí, el ritmo vuelve a frenarse. Justo antes del final, el ritmo se para y el autor recurre a la repetición del mismo suceso desde el punto de vista de personajes diferentes. Este recurso enriquece los matices del momento culminante de la obra pero, está claro, ralentiza el ritmo justo al final. No digo que esté mal, solo remarco que me ha parecido curioso tanto el cambio de ritmo a lo largo de la obra como que utilice esta técnica literaria justo en el tramo final de la obra.
    Por todos estos pequeños "peros" dejo la calificación de esta obra en tres mariposas y media en vez de llegar a las cuatro. Pero es innegable que esta novela hará las delicias de muchos lectores que disfrutarán de un thriller con un fondo interesantísimo, una trama bien armada y personajes como Klara, a la que es imposible no querer.
    Nos seguimos leyendo.  
   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto100 libros: 63/100
  •  Reto Autores de la A a la Z: Z

martes, 3 de junio de 2014

"Te quiero porque me das de comer", de David Llorente: una novela en la que cuesta entrar y de la que cuesta salir


http://www.alreveseditorial.com/fitxallibre.php?i=118

Ficha técnica: 


Título: Te quiero porque me das de comer   Autor: David Llorente  Editorial: Alrevés  Género: novela negra, thriller, experimental    Páginas: 320  Publicación:  Mayo 2014   ISBN: 978-84-15900-52-8

Sinopsis (editorial):


  La novela negra puede y debe romper algunos moldes: «Necesita dar un salto al vacío, y una extraña pirueta en el aire. El requisito es no tener ni vértigo ni miedo», dice David Llorente.
  No podemos estar más de acuerdo. La literatura noir necesita también de autores con propuestas atrevidas, arriesgadas y que miren el género negrocriminal desde nuevos puntos de vista.
  ¿Qué pasaría si la historia que se cuenta no es una sucesión de hechos consecutivos, sino simultáneos? La simultaneidad no parece patrimonio de la literatura, sino, más bien, de la pintura o del cine, pero si las palabras consiguen contravenir su propia naturaleza y transmitir esa sensación —la de que todo lo que sucede, sucede a la vez–, entonces surge un texto envolvente, casi tridimensional.
  Proponemos una lectura donde la brutalidad del asesino en serie se ve rodeada de una multitud de historias criminales que, al mismo tiempo que nacen, el narrador las hace desaparecer. No importa quién sea el criminal ni qué tipo de detective lleve a cabo la investigación. Lo que importa es que el asesino existe.

  Max Luminaria era un chico muy callado. Sacó la mejor nota de selectividad de toda España y decidió estudiar Medicina. Una vez más, fue el mejor en los exámenes; el mejor en las prácticas y el mejor en el quirófano. Se lo rifaban todos los hospitales. No hubo cirujano más preciso ni vecino al que más quisieran los habitantes de Carabanchel. Lo saludaban por la calle. Le daban las gracias. Todos tenían a un familiar al que el doctor Maximiliano Luminaria había salvado la vida.
  Su vida, fuera del quirófano, era diferente, ¿o a lo mejor no? La realidad es que no podrás, nunca más, sentirte aliviado porque se haya descubierto al asesino, porque, querido lector, los asesinos caminan entre nosotros.
  "Es un libro diferente, que no va a gustar a todo el mundo", me dijeron desde la editorial cuando me propusieron participar en un "experimento" con esta novela. ¡Genial!, pensé para mí. Creo que ya te habrás dado cuenta de ello leyendo mis reseñas, pero lo voy a decir una vez más: me gustan los retos, me gustan las obras diferentes, me gusta que me sorprendan, que me saquen de lo esperado, de las plantillas con las que parecen estar hechos algunos libros últimamente. Así que te puedes imaginar lo que he disfrutado con Te quiero porque me das de comer.
    Efectivamente, esta novela no le gustará a todo el mundo. Es exigente, porque cuesta meterse en su trama y por la peculiar manera en la que está redactado. Es duro, porque las historias que cuenta hablan de delincuencia, de odio, de venganza, de falta de sentimientos... Aunque es tremendamente adictivo y esa peculiaridad en su escritura consigue que aumente la intriga y que el lector se mantenga pegado a las páginas, esperando más, deseando saber qué pasa con Max y con Marcelo y con Susana y con Casimiro y con... las decenas de personajes que van desfilando por sus páginas. Porque Te quiero porque me das de comer es una novela con tres protagonistas con más peso que los demás pero en la que aparecen muchísimos personajes. Es una novela que se parece a un barrio, a Carabanchel, en el que caben todos sus vecinos y todos tienen su minuto de gloria dentro de la novela.
    Esta es una de las peculiaridades de esta novela: el número de personajes y su poca importancia, en realidad, para la trama principal (si es que tomamos la historia de Max, el asesino en serie más prolífico e inteligente del mundo, como trama principal. La trama principal también podría ser, perfectamente, el retrato de un barrio en una década concreta de su historia). Te quiero porque me das de comer recuerda a La colmena y a su intento por captar el vaivén social de un barrio: de la gente que camina, de la que sale de casa, de la que juega al mus en el bar, de sus yonquis, su gimnasio, sus zonas oscuras... Todo cabe en una novela en la que el lector se siente como si estuviera sentado en un banco en la calle viendo la vida del barrio pasar. Con la ventaja de que el narrador se mete en sus casas y nos deja mirar en sus corazones. En unos corazones que laten y deslaten y, sobre todo, que sufren.   


UNA NOVELA SIN PUNTOS Y APARTE


    Al desconcierto que puede crear en el lector la suma de personajes y su aparición y desaparición a lo largo de la novela hay que añadir el que le puede sorprender nada más abrir el libro: ¿dónde están los párrafos? Llorente nos propone el desafío de escribir una novela sin puntos y aparte y con una tremenda sobreabundancia de signos de puntuación que, normalmente, sirve para explicar o aclarar algo, como los dos puntos y los paréntesis. Jugando con lo gramaticalmente correcto, el autor nos propone un texto corrido para cada capítulo en el que todo se mezcla: las tramas, las aclaraciones, los comentarios...
   La novela está narrada en una tercera persona omnisciente que se sitúa en lo alto del barrio y va deteniéndose en unos u otros personajes para contarnos sus cuitas. A veces hace comentarios generales sobre el sentir general del barrio como cuando dice "tiene de malo que en Carabanchel las historias no suelen acabar así: acaban con que el diagnóstico es cáncer: con que los gitanos te quitan las zapatillas nuevas: con que efectivamente tu marido está con otra más joven y más delgada".
    La abundantísima utilización de paréntesis crea una sensación muy curiosa en el lector: sirven para explicar pero también, a veces, matizan o incluso corrigen, con ese matiz, lo afirmado anteriormente. Al leer el libro he tenido la sensación de que esos paréntesis abrían realidades alternativas a la que está reflejando el narrador, como si el autor quisiera abrir la puerta a las múltiples interpretaciones o valoraciones que se pueden realizar de un mismo acto. A veces, añaden un toque de ironía o un contrapunto muy interesante.
   Mezcladas con esta voz narrativa principal aparecen otras dos voces que comentan lo que se va contando: una que cuenta (y que podría ser ese mismo narrador del que he hablado) y otra que pregunta, que pide explicaciones, que exige que retome la historia de uno de los personajes. Estos diálogos aparecen, por supuesto, sin signos de puntuación que los diferencien del resto del texto, de esta manera: "¿Le pasó algo a Telma Gras? No, nada. ¿Y por qué no quería contar este final?". Creo que estos diálogos ponen un poco de color a una narración tan peculiar, abren el número de voces narrativas, aligeran el flujo narrativo y sirven, en muchos casos, para cambiar de protagonista del foco del narrador. En un plano más metaliterario, me parece que la voz que pregunta ejerce de una suerte de Pepito Grillo del quehacer literario, porque cuestiona constantemente las razones del narrador para abandonar a un personaje en un determinado momento y exige que las historias tengan un final, si no definitivo, sí al menos que pueda servir para calmar las ansias del lector por poner un cierre a cada historia.
    Y junto a ese juego de voces aparece otra de las peculiaridades de la novela: la amalgama de noticias, fragmentos técnicos referidos a la criminología o la medicina, referencias a la actualidad política, literaria, televisiva, etc. O listas de ingredientes. O listas de medicamentos, o de efectos secundarios, o de síntomas. Son como pedazos de realidad (de la realidad histórica de los años 90) que se cuelan en la ficción que crea Llorente creando así un juego de espejos, haciendo que el lector se cuestione los límites entre nuestra realidad y la ficción literaria.


UN BARRIO DESOLADOR


   Porque a veces resulta tristemente verdadero eso de que la realidad supera a la ficción. Leyendo la novela he tenido la sensación de que Llorente ha cogido los periódicos de los años en los que transcurre la novela, ha recortado frases y titulares y luego los ha ido pegando (dando cierta coherencia a las tramas pero sin orden ni concierto en otros momentos) hasta crear Te quiero porque me das de comer. Y, vistos así, todos juntos, los sucesos recogidos por los periódicos son tremendamente desoladores: robos, drogas, prostitución, venganzas, ataques de perros peligrosos, violencia machista, acoso escolar, asesinatos, fallecidas por abortos clandestinamente y mal practicados, mafias, pederastia, redes de extorsión de todo tipo...
    Llorente nos adentra en el Carabanchel de los 90 para hablarnos de su gente, de sus problemas y, sobre todo, de su delincuencia, que para eso es una novela negra. Una novela negra cuyo eje principal es, efectivamente, la trayectoria de un asesino especialmente prolífico y tan inteligente que la policía es incapaz de dar con él, de ni siquiera imaginarse quién puede ser el Asesino de la Moneda (cumpliendo la máxima de que el asesino puede ser cualquiera, quien menos te lo esperas o provocando la terrible reflexión de que podemos convivir con un asesino sin que ni tan siquiera lo sospechemos), pero que enreda en esa trama argumentos paralelos, simultáneos, que también se mueven en el oscuro mundo de la delincuencia, entendida en un sentido abarcador.
   Es tal el número de sucesos de todo tipo, de delitos de toda clase que quedan reflejados en la novela y es tal la cifra de delincuentes que, en un momento u otro, de una manera u otra, cometen algún tipo de falta, que al final te queda una tremenda sensación de decepción, de desesperanza, de falta de fe en el ser humano. No hay personajes buenos en esta novela. Quizá solo algunas víctimas. Todos los que hacen algo en este libro (los personajes activos, frente a esas víctimas que serían personajes pasivos) cometen algún acto moral o judicialmente reprobable durante sus páginas. 
    Al concentrar tantos hechos delictivos en una sola novela, en un solo barrio y al centrar el foco narrativo en tantos personajes con tantas sombras en su interior, la reflexión que surge en el lector es si cabe confiar en la bondad humana, si (efectivamente) el hombre es un lobo para el hombre y solo espera su oportunidad para clavar sus fauces en el de al lado, si todos llevamos un germen de maldad en nuestro interior que puede salir a flote si es suficientemente regado por las circunstancias.
    No puedo, por todo lo dicho, negar que Te quiero porque me das de comer me ha encantado. Que no es un libro que recomendaría a cualquiera o que regalaría con los ojos cerrados pero que a mí me ha dicho mucho, me ha hecho pensar mucho y me ha hecho disfrutar mucho con esos juegos o esas transgresiones literarios, gramaticales y expresivos que propone y con esa búsqueda de la simultaneidad que lleva a cabo. Una novela en la que cuesta casi tanto entrar como salir de ella, porque su propuesta es de las que dejan poso. A todos los niveles.
    Nos seguimos leyendo.  



   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto100 libros: 49/100
  •  Reto Autores de la A a la Z: LL 
  •  Reto Negra y Criminal: 12/15

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