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miércoles, 13 de noviembre de 2013

"Kafka en la orilla", de Haruki Murakami: el mundo como metáfora

http://www.tusquetseditores.com/titulos/andanzas-kafka-en-la-orilla






Ficha técnica:


Título: Kafka en la orilla         Autor: Haruki Murakami Editorial: Tusquets                                                        Género: novela, novela de aprendizaje, realismo mágico japonés   Páginas: 592   Publicación:  Noviembre 2006       ISBN:  978-84-8310-356-2

Sinopsis (editorial):


 Kafka Tamura se va de casa el día en que cumple quince años. Le llevan a ello las malas relaciones con su padre –un famoso escultor convencido de que su hijo repetirá el aciago sino de Edipo– y el vacío producido por la ausencia de su madre; se dirigirá al sur del país, donde encontrará refugio en una peculiar biblioteca y conocerá a la misteriosa señora Saeki. Sus pasos se cruzan con los de otro personaje, Satoru Nakata, sobre quien se ha abatido la tragedia: de niño, durante la segunda guerra mundial, sufrió un accidente del que salió con secuelas y dificultades para comunicarse... salvo con los gatos.
   A estas alturas del año, después de leer y reseñar tres libros para el Reto Murakami, a los que he de añadir Baila, baila, baila, que leí a finales del año pasado, una ya tiene claro que, por muy autor best seller que sea, a Murakami hay que quererle tal y como es si quieres disfrutar de sus libros. De hecho, varias personas (lectores empedernidos) han torcido el gesto cuando les decía que estaba leyendo Kafka en la orilla para preguntar: ¿y no te aburres? Pues yo no lo hago... pero seguro que a mucha gente puede ocurrirle. Porque Murakami es un desafío para muchos lectores, sobre todo para aquellos poco dispuestos a pasar por el aro de los universos paralelos, la incursión del mundo de los sueños en el mundo real y las tramas que no se resuelven con la racionalidad que esperan.
    Da la casualidad que de las dos líneas en las que todo el mundo coincide en dividir la obra de Murakami, todos los que yo he leído caen más del lado del ambiente onírico y el realismo mágico japonés que de la vertiente realista. Este mes tengo previsto leer Tokio blues, novela que todo el mundo encaja en la segunda vertiente, por lo que espero conocer al otro Murakami. Pero el hecho de que todas las novelas que he elegido, hasta ahora, del autor caigan del lado surrealista también me parece significativo: creo que me tienta más ese mundo caótico o, por lo menos, no regido por las leyes de la razón y la lógica de la literatura al uso, que el del mero realismo que podemos encontrar en tantas otras novelas.
    Con todo esto quiero decir que he vuelto a disfrutar con Murakami aunque, para mí, esta ha sido la historia más complicada de seguir de cuantas he leído. El onírico argumento se agarra a una sólida estructura para anclar al lector a la historia. Así, el argumento se divide en dos líneas que discurren de forma alterna a lo largo de la novela (un capítulo para cada una de ellas, sin ninguna alteración del orden, con una cadencia escrupulosa): en la primera de ellas, Murakami nos habla de Kafka Tamura, un joven de 15 años que huye de su casa para no caer en la maldición que le ha echado su padre: como el más clásico Edipo, su padre advierte a Kafka de que acabará enamorándose de su madre, teniendo relaciones sexuales con ella y con su hermana y matándole a él, su propio padre.
    Nakata, por su parte, es el protagonista de la segunda línea argumental. En ella, se nos presenta a este personaje que sufrió un incidente cuando era un niño y perdió su facultad para leer. A cambio, ganó la habilidad de hablar con los gatos. Y con las piedras. ¿Que de qué le vale? Pues hay que estar inmerso en el universo Murakami para entender el grandísimo valor de esta rara competencia.


EL MUNDO ES UNA METÁFORA


   Mientras Kafka huye de un destino que acabará cumpliendo creyendo que así se sentirá liberado de la maldición y podrá comenzar a ser él mismo, Nakata pretende todo lo contrario: cumplir el papel que el universo ha previsto para él. En ese mundo extraño, onírico, irreal pero con sentido propio que Murakami crea, ambas historias están conectadas y ambos propósitos están relacionados. Y es que, si como dice uno de los personajes, "el mundo es una metáfora", el universo Murakami es una metáfora en sí misma, con tantas interpretaciones como lectores. ¿Estamos ligados a un destino escrito o el destino es lo que vamos construyendo con cada paso que damos? Cada lector podrá sacar sus propias conclusiones porque con Murakami nadie tiene una última palabra.
    Junto al tratamiento onírico de la realidad, típico de Murakami, el autor no olvida salpimentar la historia con las referencias culturales (la música, el cine, el arte y la literatura) que tanto enriquecen la lectura y que plantean cuestiones importantes acerca del arte sobre las que reflexionar: "¿Crees que al música posee el poder de cambiar a la gente?", pregunta Kafka a Ôshima. "Por supuesto", responde él (¿ella? Este es un de los personajes más ambiguos y que más reflexión plantean de la obra). Y quien dice la música dice la literatura o el cine o la pintura, como demuestra el propio argumento de la novela.
   En el universo Murakami cabe todo: gatos parlantes, imágenes comerciales que cobran cuerpo, sexo, referencias, cuadros que reflejan la realidad, música con acordes que no son de este mundo, pueblos aislados en los que no existen los recuerdos, sangre, muerte, un tipo de resurrección... Y sobre todo, mucha búsqueda. Por eso creo que esta es una novela de aprendizaje, de ese jovencito de 15 años que busca su identidad, más allá de las maldiciones que le persiguen. Un destino escrito a fuerza de equivocaciones, caídas y errores, de esos que hacen madurar y encontrarte a ti mismo. Y una lección valiosa que aprender: todos estamos conectados; cada decisión que tomamos nos afecta a nosotros mismos y genera una onda expansiva que va cambiando la realidad que nos rodea hasta límites insospechados. A veces, hasta trastocar el mundo de los sueños.
    Nos seguimos leyendo.   


   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto Murakami: 3/5     



miércoles, 19 de junio de 2013

"Sputnik, mi amor", de Haruki Murakami: tres personajes en busca del amor

       Ficha técnica:


Título: Sputnik, mi amor        Autor: Haruki Murakami 
Editorial: Tusquets    Género: novela             Páginas: 248
Publicación: Septiembre 2002    ISBN: 978-84-8310-216-9

Sinopsis (editorial):


 Sputnik, mi amor: Del mismo modo en que, en el viaje del satélite ruso Sputnik, la perra Laika giraba alrededor de la Tierra y dirigía su atónita mirada hacia el espacio infinito, en Tokio tres personajes se buscan desesperadamente intentando romper el eterno viaje circular de la soledad. El narrador, un joven profesor de primaria, está enamorado de Sumire; pero ella, quien se considera la última rebelde, tiene una única obsesión: ser novelista. Sumire conocerá a Myû, una mujer casada de mediana edad tan hermosa como enigmática, y juntas emprenderán un viaje por Europa tras el que nada volverá a ser igual.
   Yo creo que cometemos un error grandísimo con los autores. Grandísimo... pero, me da la impresión, inevitable: comparamos unas obras con otras. Y las valoramos no como lo que son, sino como lo que son respecto al resto de su obra. Quizá sea normal que sea así, pero no me parece justo para las obras que salen peor paradas, sobre todo porque nadie puede ser excelso en cada palabra que escribe. Porque la propia trayectoria, el crecimiento del autor como escritor es un factor determinante en su producción. Y a veces leemos obras anteriores después de haber leído su última producción y nos decepciona. O todo lo contrario: hemos leído la primera obra, la obra redonda, esa en la que (como dice Annabel Pitcher) ha puesto todo lo que es como persona hasta ese momento, y la segunda nos parece más floja, menos redonda, más normal, menos excepcional.
   Digo todo esto porque Sputnik, mi amor (aún habiéndome gustado) me ha parecido un boceto de 1Q84. De hecho, durante la lectura, he pensado en los personajes de Sputnik como si fueran los de 1Q84, tantas similitudes he visto entre ellos. Para empezar, los dos personajes masculinos de ambas obras son profesores. En Sputnik, la aspirante a escritora es ella, no él, como en 1Q84, aunque en esta última también está la tercera en discordia, Fukaeri, también es escritora (o, al menos, ha escrito una obra de calidad y con gran repercusión). Los dos protagonistas masculinos mantienen una relación con una mujer casada, su personalidad es muy similar, en ambas novelas se plantea la posibilidad de un segundo mundo en el que las cosas no son como en el nuestro... Todo ello y el estilo particular de Murakami han hecho que leyera Sputnik casi como si fuera una precuela de 1Q84.
  Porque, además, todo el universo y la filosofía Murakami están presentes también en esta novela. El autor japonés retrata como nadie el vivir y el sentir de los seres solitarios, de los que tienen problemas para relacionarse, de los que no hacen de su vida social el eje de su existencia. Y vuelve a sumergirnos en las complejas sensaciones que produce el amor, el amor aquí platónico, no consumado, de ninguno de los personajes. Sumire, Myû y el narrador en primera persona buscan el amor y se buscan unos a otros, en un juego circular, una búsqueda sin tregua y sin resultado, tan simbólica y tan significativa. Tan como es la vida misma a veces. Buscan el amor y el amor les es esquivo, por diferentes motivos. Pero ellos sienten el amor no correspondido como amor que enriquecen y disfrutan de su mutua compañía, aunque la consumación sexual sea imposible.
  Me encanta cómo Murakami retrata a estos personajes, cómo los moldea, qué pensamientos pone en su mente y qué palabras les hace decir. Y, en esta novela, me ha interesado de forma especial el personaje de Myû, la mujer del pelo blanco, la joven que se perdió en la noria, la que fue a otro mundo y no regresó completa. Su historia me ha fascinado y me ha hecho pensar en esas personas que viven la vida sin vivirla, sin sentirla, que se ponen la máscara cada día (o se tiñen el pelo de negro) para ocultar lo que son, porque no son nada. En este caso, Myû padeció un suceso extraño que truncó su vida, su inexistencia es fruto de un episodio que puede leerse (o al menos yo lo he hecho así) literalmente, como una pieza más del mágico, onírico y surrealista universo Murakami, o de forma metafórica, representando el desdoblamiento que un hecho trágico nos hace sentir a veces, cómo nos vemos desde fuera, como si quien padece esos hechos no somos nosotros, para reprimir el dolor, para que causa menos mella en nosotros. Y las taras y consecuencias que un hecho así puede dejar en la persona que lo sufre.
  Y, como siempre, las referencias culturales de Murakami, tan presentes también en esta novela, sobre todo en lo que se refiere a la música. Una música que se va colando página a página, poniéndole banda sonora a un libro conmovedor, que cuenta muchas cosas, que pone sobre la mesa muchos temas, que susurra al oído del lector la verdad del ser humano: su búsqueda incansable de un compañero con quien decir adiós a la soledad que siempre produce vagar solo, como un satélite espacial, en la inmensidad del espacio. 
  Nos seguimos leyendo.      

   Incluyo este libro en los siguientes retos:
  •  Reto Haruki Murakami: 2/5
  •  Desafío100 libros: 55/100
  • Reto Sumando: 16/2013           




martes, 9 de abril de 2013

"1Q84", de Haruki Murakami: viaje para dos al mundo de las dos lunas

 

Ficha técnica:


Título: 1Q84                       Autor: Haruki Murakami
Editorial: Tusquets             Género: novela                       Páginas: 744 (libros 1 y 2) + 416 (libro 3)
Publicación:  Libros 1 y 2: febrero 2011; 3: octubre 2011    ISBN:  978-84-8383-296-7 (libros 1 y 2)
                  978-84-8383-355-1 (libro 3)

Sinopsis (editorial):


   En japonés, la letra q y el número 9 son homófonos, los dos se pronuncian kyu, de manera que 1Q84 es, sin serlo, 1984, una fecha de ecos orwellianos. Esa variación en la grafía refleja la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes de esta novela, que es, también sin serlo, el Japón de 1984. En ese mundo en apariencia normal y reconocible se mueven Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos rondan los treinta años, ambos llevan vidas solitarias y ambos perciben a su modo leves desajustes en su entorno, que los conducirán de manera inexorable a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen: la bella Aomame es una asesina; el anodino Tengo, un aspirante a novelista al que su editor ha encargado un trabajo relacionado con La crisálida de aire, una enigmática obra dictada por una esquiva adolescente. Y, como telón de fondo de la historia, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el narrador escarba con precisión orwelliana.
    
   Los tres libros suman 1.160 páginas, pero los he leído como su fueran poco más de 200. Y eso que no es una novela que te tenga cogido por las solapas, que te ate a sus páginas, pero la historia es tan curiosa, o extraña, o surrealista, o inexplicable... que es imposible no dejarse envolver por ese mundo excepcional y por unos personajes  tan contradictorios como deliciosos.

   Porque, siendo sinceros, los dos protagonistas principales podrían ser considerados como mala gente, si no les conociéramos tan bien, si no supiésemos de sus razones. Tengo (el protagonista masculino) miente, reescribe una novela escrita por una extraña joven y engaña a todos los lectores y a la industria editorial. Además, mantiene una relación con una mujer casada. Por si fuera poco, se desentiende absolutamente de su padre, olvidado en una residencia al principio y en coma, más adelante. Son tres razones que podrían producir rechazo en lectores con determinadas concepciones del mundo, las relaciones interpersonales y la familia. Ideologías personales al margen, Tengo se hace querer. Poco a poco vamos conociendo sus razones (unas más claras, otras más solventes, otras más personales) e implicándonos más con lo que le sucede.

   Lo mismo ocurre con Aomame, su contrapunto, la coprotagonista, la otra cara de la misma moneda. Murakami la describe como una mujer solitaria, que vive su vida de una manera liviana, sin atarse demasiado, sin arraigar, con pocas posesiones materiales y menos aún sentimentales. Y sin embargo, llega a implicarse tanto en la erradicación de la violencia de género que acabará convirtiéndose en una erradicadora oficial de maltratadores. Esta Dexter de los hombres que ejercen la violencia contra sus mujeres, que buscar arreglar con sus propias manos lo que ni la justicia ni la sociedad arreglarán (al menos en mucho tiempo), se convierte en una fría y eficaz exterminadora de esos hombres que no aman a las mujeres y que entienden las relaciones sentimentales como relaciones de poder, de violencia y de dominación, tanto física como sexual. Y, a pesar de todo lo dicho, Aomame es un personaje entrañable. Es una niña que creció vinculada a una secta, que no pudo o no supo hacer amigos, que cortó toda relación con su pasado, que busca hombres de usar y tirar para calmar sus pasiones y que, en el fondo, va perdiendo lo poco que la vida le va regalando. 

    Ambos son personajes, pues, contradictorios, buenos y malos al mismo tiempo. Murakami los presenta en su contradicción pero de un modo que conquistan al lector. Quizá sea su manera de decirnos que todos somos blancos y negros, que todos cometemos errores y conseguimos aciertos, que muy dentro de nosotros todos llevamos la semilla del éxito y del fracaso, de la bondad y de la maldad.

     Tengo y Aomame fueron juntos al colegio. Y en un momento concreto se creó entre ellos un vínculo indisoluble. Por eso, veinte años después, sigue recordándose y tal vez el mundo haya cambiado sólo para que ellos encuentren. Murakami cambia un número por una letra (en un juego de palabras, o de sonidos, propio del japonés) y transforma una realidad cotidiana y conocida en un mundo paralelo en el que casi cualquier cosa es posible: desde que la Little People salga de la boca de una cabra muerta, hasta que el padre de Tengo, cobrador de la televisión nacional, toque puertas y amenace a morosos desde su estado vegetativo, pasando por un cielo con dos lunas o un punto del tiempo y del espacio donde Tengo y Aomame puedan reencontrarse. 

      Los dos mundos (1984 y 1Q84, o el mundo de una luna y el mundo de dos lunas) se superpondrán para algunos personajes. Como si de un cambio de vías se tratara, el tren de algunos de los personajes se desvía de su camino original y se adentra en 1Q84 sin que se sepa muy bien cómo ni cuándo. A medida que vaya avanzando la novela, las peculiaridades de este mundo con dos lunas serán cada vez más evidentes, cada vez más inexplicables, cada vez más extrañas para un lector anclado en lo real. No es, por lo tanto (creo yo), un libro que pueda gustar a quienes no disfrutan con un realismo mágico muy cercano aquí ya a la ciencia ficción o a la fantasía. Y tampoco satisfará a quienes amen los finales cerrados con todos sus cabos bien atados. Murakami deja muchas preguntas sin respuesta, muchos interrogantes flotando en el aire e, incluso, la posibilidad de que, en el final de la trilogía, Tengo y Aomame no estén ni en 1984 ni en 1Q84, sino en otro mundo diferente, quizá espejo del primero, quizá mezcla de ambos.

     El narrador omnisciente va centrando el foco en Tengo y en Aomame de forma alternativa durante los dos primeros libros. En el tercero, se sumará la voz de Ushikawa, un investigador contratado para dar con Aomame y que hallará el vínculo que la une con Tengo. El foco narrativo centrado en un personaje distinto en cada capítulo ralentiza el desarrollo del argumento e incide en una de las cuestiones que Murakami pone sobre la mesa en esta novela: una reflexión sobre la linealidad del tiempo, sobre si los acontecimientos ocurren de una forma determinada o somos nosotros los que ponemos en orden en nuestro afán por entenderlo todo. Así, volvemos atrás en la historia para vivir el mismo acontecimiento de la mano de otro de los personajes, ampliando, contrastando o completando lo que sabíamos hasta el momento sobre lo ocurrió. Esta alternancia también tiene su efecto en la intriga, al aumentar el factor suspense de la novela: no conocemos el desarrollo completo de lo ocurrido o su repercusión hasta que el narrador se centra en otro personaje y nos lo cuenta.   A pesar, como decía, de que la propia historia ejerce de soporte de la intriga (el afán del lector por comprender lo que está ocurriendo es lo que le mantiene en vilo, más allá de lo que ocurre en cada capítulo), no es un libro que te envuelva en una vorágine de sucesos, acciones y reacciones. Tiene sus momentos de acción, pero también tiene muchos momentos de calma, de sosiego, de espera. En cierto modo, Murakami asienta en el lector esa sensación de tensa calma que deben sentir los protagonistas en determinados momentos de la trama, sobre todo en el tercer libro. El autor te hace esperar por la resolución del conflicto, igual que Tengo, Aomame y Ushikawa esperan dentro de sus respectivas tramas.

     Así pues, hay un paralelismo estructural (capítulos en los que se repiten acontecimientos), un paralelismo argumental (los dos mundos superpuestos) y, también, un paralelismo entre personajes o, al menos, entre determinadas situaciones que viven algunos personajes: Tengo y Aomame tienen infancias infelices, con los domingos dedicados a acompañar a sus padres en sus obligaciones (cobrar facturas en el caso del padre de Tengo y captar acólitos en el de la madre de Aomame); Fukaeri y Aomame crecen en el seno de dos sectas; Tengo mantiene una relación con una mujer casada mientras que lo único que recuerda de su madre es lo que él cree puede ser una aventura extramatrimonial… Paralelismos que establecen conexiones entre personajes más allá de la trama y que ayudan a reforzar el significado de determinadas elecciones literarias, de determinados sucesos y situaciones. El uso reiterado de estos tres tipos de paralelismos potencia también la reflexión sobre el tiempo, la percepción y la realidad, a la vez que ralentiza el desarrollo argumental.   
    1Q84 es, pues, un libro calmado, una novela que analiza y que reflexiona, que profundiza y que hace pensar. Murakami echa mano de descripciones minuciosas, en ocasiones casi cinematográficas, mediante las que el narrador centra el foco en una persona, un paisaje o un detalle y va conociendo mejor a un personaje o a un mundo. El juego que propone entre los dos mundos superpuestos permite al autor una intensa reflexión sobre la realidad, sobre si lo que percibimos es igual para todos, si todos percibimos lo mismo de la misma manera o hay distintas realidades según las distintas maneras de recibir lo que vemos y vivimos. Y mientras nos hace pensar sobre la verosimilitud de la realidad, de lo que vivimos, también nos habla de la verosimilitud en su obra y en la literatura en general.

   Porque, si algo está presente en esta novela, es la literatura universal. Murakami entabla un fructífero diálogo con un sinfín de obras literarias, ya sea mediante la referencia, la cita o el recurso al humor (como ocurre durante el tercer libro con En busca del tiempo perdido, que acabará convirtiéndose en el gran eje simbólico de la novela: Tengo y Aomame también andan en busca de su tiempo perdido, no en el sentido proustiano de búsqueda de los recuerdos, del pasado, de lo vivido, sino en su acepción literal. Buscan el tiempo que han perdido el uno sin el otro, el vacío dejado por los días, los meses y los años que han dejado pasar sin buscarse. Y así, en magistral juego metaliterario, el último título de la heptalogía de de Proust se convertirá en el broche de 1Q84: Tengo y Aomame tendrán su tiempo recobrado, recuperarán lo perdido en un presente diferente).
    La metaliteratura fluye por las páginas de esta novela no sólo a través de esta referencias sino también a través de la propio reflexión sobre la escritura y la forma de hacer literatura, reflexión propiciada por la profesión de Tengo y la corrección de la novela escrita por Fukaeri. Una novela, La crisálida de aire, que da pie a un tercer juego metaliterario: el de la novela dentro de la novela, la ficción dentro de la ficción, la realidad (literaria) que reproduce la ficción (doblemente literaria, se podría decir). La crisálida de aire, que no era más que una novela, se convierte en un auténtico manual para entender la nueva realidad, ese mundo de dos lunas.

   Junto a la literatura, el segundo gran trasfondo de 1Q84 es la religión, la espiritualidad, la búsqueda de lo trascendente. En este caso, Murakami utiliza el retrato de la forma de entender la vida de dos sectas diferentes (una religiosa, la Asociación de los Testigos, a la que pertenece la familia de Aomame; y otra, en principio, no vinculada a lo espiritual, sino a la ideología, que, sin embargo, va mutando a lo largo de la obra: Vanguardia, la secta en la que se cría Fukaeri y que da pie a todo lo que se narra en La crisálida de aire y, por lo tanto, a lo que acaba ocurriendo en 1Q84) para reflexionar sobre esa dimensión espiritual y la realidad de cada uno. Además, utiliza dogmas de religiones reales, como la inmaculada concepción, para enredar aún más la telaraña que une a los personajes en el complicadísimo mundo de las dos lunas. Hay, pues, un recurso a lo simbólico, una conversión en símbolo de determinados elementos, como las dos lunas o la propia crisálida de aire. Pero las claves para desentrañar el significado de muchos de estos símbolos sólo se esbozan en la novela. Será el lector el que tenga que buscar un sentido a lo leído.

   1Q84 es una de esas novelas llenas de símbolos y significados, esas que dicen algo diferente a cada lector y de la que cada uno extraerá conclusiones y reflexiones diferentes. Esto es lo que yo he pensado y he sentido leyéndola. Ni que decir tiene que me ha encantado tanta riqueza. Pero no creo que sea una novela que pueda gustar a todo el mundo: hay demasiadas conexiones, demasiadas referencias, demasiados guiños internos, demasiadas situaciones extrañas, demasiados fenómenos que sea alejan de la estricta realidad, demasiadas preguntas, quizá pocas respuestas. 1Q84, la novela, es casi tan extraña como 1Q84, el mundo. Sólo cada lector podrá decidir si deja que su tren culmine el cambio de vías… o no.

   Nos seguimos leyendo.


   Enlazo un artículo del propio Murakami en el que habla sobre la Realidad A y la Realidad B y sobre su obra en general y 1Q84 en particular.
    Voy a ser un poco irregular en la inclusión de este libro en los distintos retos. En algunos casos los considero como libros independientes (puesto que están publicados como dos obras diferentes, con ISBN distintos) pero, en otros casos, los trato como si fueran una única obra, puesto que, en el fondo, es lo que son. No me parece justo, por ejemplo, sumarme dos obras de Murakami para el reto del autor, cuando, en realidad, es una única novela. Así que, en definitiva, incluyo este libro en los siguientes retos:
- Reto 13.000 páginas: 744+416/13.000
- Reto Genérico: Narrativa contemporánea (2/5).
- Desafío100 libros: 4-9/100
- Reto Sumando: 18+13/2.013
- Reto autores A-Z : M
- Reto Murakami: 1/5 
 

viernes, 11 de enero de 2013

BBF#16: "1Q84", Haruki Murakami

  
   Esta semana estoy compatibilizando la lectura de dos de los libros largos que tenía previsto leer este mes: Seis peces azules y 1Q84. Como ya dediqué el BBF de la semana pasada el primero, hoy le toca al segundo. Empieza así:

 BBF#16

   La radio del taxi retransmitía un programa de música clásica por FM. Sonaba la Sinfonietta de Janáček. En medio de un atasco, no podía decirse que fuera lo más apropiado para escuchar. El taxista no parecía prestar demasiada atención a la música. Aquel hombre de mediana edad simplemente observaba con la boca cerrada la interminable fila de coches que se extendía ante él, como un pescador veterano que, erguido en la proa, lee la aciaga línea de convergencia de las corrientes marinas. Aomame, bien recostada en el asiento trasero, escuchaba la música con los ojos entornados. (1Q84, Haruki Murakami)
   De momento, los personajes, más que la historia, me tienen atrapada. Veremos qué da de sí. 
   Nos seguimos leyendo.

viernes, 14 de diciembre de 2012

"Baila, baila, baila", de Haruki Murakami o la necesidad de volver atrás para poder seguir avanzando


   Siempre me ha dado mucho que pensar la cita célebre archiconocida que dice que la vida es lo que te pasa mientras tú te empeñas en hacer otros planes. No si Murakami la tendría en la cabeza cuando escribió Baila, baila, baila pero yo la he tenido en mente casi en cada página del libro. Y ha sido así por dos razones. En primer lugar, porque la novela es lo que va pasando mientras tú andas buscando el gran misterio que va apareciendo y desapareciendo a lo largo de sus páginas. Vas avanzando en ella, esperando desvelar el enigma (el misterio del hotel Delfín, del hombre carnero, de por qué todo está conectado), mientras el protagonista te va contando su vida más anodina: qué cocina, dónde desayuna, qué lee, qué compra, qué escucha, qué sueña, qué piensa, dónde come... En un momento dado, dice que la declaración que presta a la policía podría ser considerada como un tesoro antropológico, un testimonio que aclara a los investigadores del futuro el modo de vida del Tokio de finales de los 80, con todo lujo de detalles. Y, en el fondo, eso es también la novela: un cúmulo de cotidianeidades sólo interrumpidas por la aparición de lo mágico y por los acontecimientos insólitos y los personajes extravagantes que se van cruzando en el camino del protagonista.
   Y, en segundo lugar, la vida es lo que te va pasando mientras tú haces otros planes podría ser también la tesis que subyace en toda la novela: da igual las decisiones que tomemos, porque la vida, al final, nos va llevando por donde quiere. Las circunstancias, las personas que vas conociendo, los trabajos que vas realizando... son los que van llevándote de un suceso a otro, de una etapa a otro, de un estadio a otro.
   Hay por tanto una reflexión sobre el ser humano, el pasado y el presente, el modo de enfrentarse a la vida, la honestidad, los valores propios y la fidelidad hacia ellos con la que caminamos por el tiempo que nos ha sido dado. Pero, más allá del intimismo, del análisis sobre el ser y el moverse por el mundo del protagonista y sus congéneres, también he encontrado reflexiones que me ha interesado muchísimo sobre el capitalismo, el ser humano como homo consumidor, el consumismo y el dinero que todo lo pueden en el mundo actual. Hasta el amor, hasta el cariño, hasta la paternidad.
   Y es que, de entre todos los personajes extraordinarios (extraordinarios por lo bien construidos que están y, también, porque se escapan, en muchos casos, de la lógica, de lo ordinario) que Murakami presenta, me ha interesado esa familia totalmente disfuncional, esa familia tóxica, cuyos miembros son incapaces de compatibilizar vivir juntos y ser felices. Una familia compuesta por el escritor cuyo nombre recuerda al del propio autor (Hiraku Makimura), que padece la imposibilidad de convivir con su mujer y su hija, esa nieve y esa lluvia (las traducciones de Yuki y Ame) que le han absorbido la energía, la vitalidad, el pozo de las ideas, la capacidad para escribir; Ame, la madre artista, fotógrafa de talento, capaz de ver lo que nadie ve, de ver más allá de la realidad pero que se abstrae hasta el punto de olvidarse de comer, de atender a su hija, de vivir; y Yuki, la hija de ambos, la adolescente silenciosa capaz de leer entre líneas los sentimientos de los demás, de percibir las vibraciones invisibles que emiten nuestras preocupaciones y nuestras frustraciones, de sentir la huella de un crimen en el lugar en el que se ha cometido. El protagonista encaja en esa familia como la pieza del puzle capaz de dar sentido al conjunto o, por lo menos, de cuidar de Yuki como ninguno de sus progenitores es capaz de hacerlo. El hecho de que intenten pagar con dinero ese cariño, ese cuidado que el protagonista regala a Yuki (porque el cariño y la preocupación por el otro se regala, no se vende, ni se compra, ni se intercambia), da una buena idea de la concepción materialista de la vida sobre la que Murakami reflexiona en esta obra.
   Una obra, por lo demás, invadida por las brumas de lo onírico, lo irreal, lo fantasioso, ese realismo mágico oriental del que habla Xula en su reseña sobre la obra. Ese ambiente de misterio, que trae al primer plano de la novela lo extrasensorial, la dimensión oculta, la posibilidad abierta de que el mundo no sea tan tangible como creemos sino que esté construido de un material poroso que comunique la vida y la muerte, lo que sabemos y lo que ignoramos, lo que creemos y lo que dejamos atrás, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos; ese ambiente de misterio, decía, puede desencantar a muchos potenciales lectores pero, para mí, añade un punto de magia, de posibilidad, a la reflexión sobre la realidad, a ese retrato del Japón de finales de los 80 que refleja Murakami. No creo, pues, que sea una novela que pueda gustar a todo el mundo, pero a mí sí lo ha hecho. Por la narración, por esa dimensión mágica, por la reflexión sobre la realidad, por la banda sonora que va sonando a lo largo de toda la obra, por unos personajes fascinantes y por esa plasmación literaria del círculo, de esa teoría que dice que en ocasiones hay que dar dos pasos atrás para avanzar uno hacia adelante, que a veces hay que volver a lo que fuimos para reencontrarnos, ubicarnos, saber quién somos y poder seguir andando nuestro camino.
   Mi estreno con el autor japonés ha sido prometedor. Dicen que esta no es una de las mejores obras de Murakami, así que me veo compartiendo horas de felicidad con él en el futuro. 
    Nos seguimos leyendo. 

  Esta reseña se enmarca en la elección del mejor libro de 2012 propuesta por PriceMinister
#unblogunlibro 

Ficha técnica:

Título: Baila, baila, baila (Dansu, dansu, dansu) 
Autor: Haruki Murakami 
Editorial: Tusquets           Género: novela       Páginas: 464                                   ISBN: 978-84-8383-425-1
 
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