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viernes, 17 de marzo de 2017

"Las dos orillas", de Alejandro Palomas: el universo Palomas en un formato diferente pero igual de cautivador

  No digo nada nuevo si aseguro que Alejandro Palomas es uno de mis escritores favoritos y que de él leería hasta la lista de la compra. Así que cuando publicó esta obra y nos la ofrecieron para reseñarla en Anika entre Libros no solo no dudé (a pesar de ser algo diferente a lo que nos tiene acostumbrados) sino que di palmas con las orejas de felicidad. Y todavía no he parado de darlas: leer algo así siempre es un placer y un motivo para ser un poquito más feliz.



Título: Las dos orillas
Título Original: (Las dos orillas, 2016)
Editorial: Destino
Colección: Varios
Copyright:
© Alejandro Palomas, 2016
© Ilustraciones, Fernando Vicente, 2016
© Editorial Planeta, S.A., 2016Ilustraciones: Color
Edición: 1ª Edición: Noviembre 2016
ISBN: 9788423351671
Tapa: Dura
Etiquetas: familia, animales, amor, crossover, relatos, duelo, muerte, más allá, mascotas, libros ilustrados, literatura española, perros, culpa, emociones, sentimientos, limbo
Nº de páginas: 84


Argumento:

  Rulfo y Max, los dos perros de Fer, se encuentran en una suerte de limbo mientras Rulfo está en coma tras un accidente. Allí, Max, ya fallecido, le contará cuál es el secreto para que Fer le deje marchar a la otra orilla, la de los perros fallecidos pero cuyos dueños han sabido superar su pérdida. Así Fer podrá tener un perro en cada orilla y ser feliz con el recuerdo de uno y el cariño del otro.

Opinión:

  Alejandro Palomas nos prometió que volvería a la familia protagonista de "Una madre" y "Un perro" y lo ha cumplido. También nos advirtió que no sabía ni cómo ni cuándo. Y, añado yo, ni en qué formato, porque lo ha hecho con esta obra que no es una novela, sino un cuento ilustrado que será fácilmente leído tanto por los seguidores de lo que ya podemos considerar saga, como por quienes no hayan leído nada hasta la fecha (la historia está lo suficientemente bien explicada como para ser comprendida sin haber leído los dos libros anteriores, aunque, claro está, si los has leído, mejor que mejor), como también por jóvenes y niños de a partir de unos doce o trece años.
  Es la versatilidad de una historia sencilla, pero muy muy potente, que retoma el universo de "Un perro" y que, hasta cierto punto, rellena uno de los huecos de aquella novela: ¿qué pasó con Rulfo mientras estuvo en el veterinario tras el accidente? Sabemos qué hace Fer. Bueno, en realidad, qué hacen Fer, Amalia y los demás... Pero ¿dónde estuvo Rulfo?
  Aquí descubrimos su viaje a través del río que separa las dos orillas de la vida y la muerte o, tal vez, dentro de la propia muerte, la orilla de quienes son recordados con cariño y sensación de felicidad y quienes no han podido acudir todavía a esa orilla porque su fallecimiento no ha sido superado por quienes quedan del lado de los vivos.
  Es lo que le pasa a Max, el anterior perro de Fer, el protagonista de esta saga de novelas, atrapado entre los remordimientos, el dolor por la pérdida y la culpabilidad por no haber estado con su gran danés cuando perdió la vida. Anclado en esas emociones negativas, Fer no avanza: ni es capaz de despedirse de Max ni de dar la bienvenida, como merece, a Rulfo, su nuevo perro. Pero dicen los que tienen mascotas que su poder es inimaginable y que el cariño que son capaces de mostrar cura todas las heridas. En este caso, no será menos y Rulfo (eso sí, con ayuda de Max y del secreto que le contó durante su encuentro) abrirá una nueva puerta para Fer.
  Palomas retoma no solo el universo de "Un perro" y a sus protagonistas, sino que también hay una gran continuidad en cuanto al tono, el contenido, los temas tratados (el valor de la familia, el amor -venga de donde venga-, el dolor por la pérdida, la añoranza de los que se han ido, la impotencia, la culpabilidad...) y el protagonismo absoluto de los sentimientos y las emociones.
  Sí he notado una gran diferencia y es que aquí, por tratarse de un cuento (cuya acción debe ser más concentrada), el autor obvia las elipsis y los saltos temporales y nos regala una historia mucho más sencilla y lineal.
  Al universo de emociones y familia que crea Palomas se le une, en esta ocasión, las ilustraciones (pictóricas, descriptivas y llenas de belleza) de Fernando Vicente. Un complemento perfecto para una historia que no deja de darnos alegrías. 
   Enlace a la reseña original.
   Nos seguimos leyendo.

miércoles, 25 de febrero de 2015

"Super Beige", de Samuel Ribeyron: el heroísmo de cada día

http://www.loscuatroazules.com/index2.php?seccion=catalogo&idioma=es&id=31


Título: Super Beige
Autor: Samuel Ribeyron
Editorial: Los cuatro azules
Género: álbum ilustrado, LIJ
Páginas: 28
Publicación: 30/4/2014
ISBN: 978-84-941866-2-2

  Super-Beige quiere ser un héroe y salvar a la humanidad. Pero todo lo que le rodea se resiste a ser salvado pues están muy contentos con su lugar en el mundo. ¿Nadie necesita los poderes de Super-Beige? Humor, ternura y una ilustración llena de encanto es la que construye Ribeyron combinando volúmenes con fondos planos. Un libro infantil para niños que quieren ser super héroes cotidianos.
  Una de las cosas que más me gusta de los cursos, talleres y reuniones de narración oral o animación a la lectura en los que he participado es que no solo saco de ellos buenas (buenísimas) ideas que poner en práctica sino que también suelo llevarme apuntados algunos libros maravillosos. Como es el caso.
    Super Beige es un personaje realmente especial. Es tierno, es reflexivo y lucha contra lo que a muchos nos ocurre en el día a día: el querer y no poder, o el querer y no saber cómo. Super Beige da sus primeros pasos en el mundo y tiene muy claro lo que quiere hacer aunque parte con la carga de los prejuicios e informaciones previas conocidas (en su caso, cómo debe comportarse un super héroe y la carga de un nombre mediocre en sus espaldas). En el fondo, algo parecido a lo que muchos sentimos cuando, por ejemplo, acabamos la carrera y nos lazamos al mundo laboral sin tener, en realidad, mucha idea de cómo se lleva a la práctica todo lo que hemos aprendido hasta el momento.
   Así, el entrañable protagonista de esta historia tendrá que ir encontrando su camino. Super Beige no se dejará llevar por el desánimo (¿pero es que en este mundo no hay nadie que necesite salvado? ¡Por favor! ¡Qué difícil es ser super héroe en los tiempos que corren!), reflexionará cuando vea que los pasos que está dando no le llevan a su destino y acabará viendo que, a veces, las cosas son mucho más fáciles de lo que nos parecen y que para cambiar o, como es el caso, salvar al mundo, solo es necesario mirar bien por dónde uno pisa.
     Me ha conquistado la trama de este libro, su guiño al viaje del héroe clásico en la literatura y al cómo a veces hay que dar la vuelta al mundo buscando algo que uno encuentra al regresar a casa. A poco que se rasque, podemos encontrar maravillosas metáforas muy visuales (por ejemplo, Super Beige empieza con la cabeza bien alta, preguntando a los pájaros, y acaba hablando con las coles semienterradas, cuando su viaje está a punto de acabar). Y es que, como suele ocurrir con la literatura infantil (al menos, con la buena), Super Beige tiene varios niveles de lectura, desde el más sencillo (la maravillosa historia del niño que quiere ser héroe) hasta las más profundas.
    Y no menos me han conquistado las ilustraciones de esta hermosura de libro donde la gama de colores dominantes (está claro) camina de la mano del contenido y, sobre todo, del título de la obra.
    Ribeyron trata con ternura y cariño a los héroes de cada día, a esos que no pisan a nadie para cumplir sus objetivos y que triunfan, aunque no lo parezca, y aunque las limitaciones de partida (en este caso, el nombre: ¿cómo puede un héroe llamarse con un color que a muchos recuerda a... bueno, cosas no muy agradables de ver y, sobre todo, de oler?) pudieran hacer pensar lo contrario. Toda una declaración de intenciones. Y, por supuesto, una lección que aprender.
     Nos seguimos leyendo.

martes, 25 de diciembre de 2012

Un regalo navideño para ti

      Me encanta la Navidad y como no puedo dejar un regalo bajo tu árbol, te lo dejo debajo de este árbol lleno de sorpresas que siempre es la blogosfera. Un regalo con el que quiero dar las gracias a todos los amigos virtuales que leen este blog, a los que comentan y a los que no, a los que conozco y a los que todavía no, a los que tuitean y a los que facebuquean y, por supuesto, a los que celebran comidas y toman cafés. O sea, a ti.
   Es un cuento navideño que escribí hace unos tres años y que publiqué en el suplemento de Navidad de La Tribuna de Guadalajara, aunque con algunas modificaciones. Ahí va...

Una ‘ángela’ de la guarda


De toda la vida, el espíritu de la Navidad tiene para mí nombre propio, el de mi abuela, Ángela. Lleva toda una vida intentando hilvanar las sutiles costuras de la familia con un hilo invisible del que sólo ella conoce la procedencia, pero que resulta ser más indestructible que la soga más fuerte jamás elaborada, por muchos tirones que, en ocasiones, unos y otros den en direcciones opuestas.

    La fortaleza del hilo invisible que nos une, el que mi abuela ha tejido durante años y años, se hace notar de manera especial en Navidad. Sentados a su mesa, como cada año, se olvidan las tiranteces del día a día, las deudas pendientes, los enfados, los rencores y hasta los resentimientos propios de quienes trabajan codo con codo y comparten, minuto tras minuto, lo bueno y lo malo de una jornada laboral. Lo que para mucho es una segunda familia, la mía hace más propio que nadie el dicho: familia no hay más que una.

   Y no es una pose, no. No hay quien no sonría de corazón en Navidad a la mesa de Ángela, un auténtico ángel de la guarda que vela por todos y cada uno de nosotros. A su manera, con sus medios, tiende una red a quien lo necesita, cuando lo necesita.

   Cada año, mi abuela vive la Navidad como si fuera la primera, con la ilusión de una principiante que tiene que preparar el menú para 40 personas muy queridas por primera vez. Pero la experiencia es un grado, y mi abuela lleva tantos años preparando la mejor cena del año, que es capaz de acertar a cada uno con sus gustos, con sus caprichos, con sus preferencias. Y es que parte del hilo invisible que elabora mi abuela para mantener unida a la familia está hecho con una buena dosis de entrega y un pizca de un don mágico que sólo ella tiene para complacer a sus agasajados. Así, y aún siendo 40, en la mesa no falta el producto preferido de todos y cada uno de los comensales, ya sea carne, marisco, crema, queso, paté, dulce o licor. De esta sencilla manera consigue que cada uno se sienta atendido, saciado, satisfecho, respetado y, sobre todo, querido.

   El espíritu navideño de mi abuela llega tan lejos que ha hecho lo imposible por mantener entre los más pequeños de la familia una tradición de lo más hermosa: la de escribir y entregar la carta a los Reyes Magos. Por eso, y ahora que algunos ya no somos tan pequeños, sigue reuniéndonos en los primeros meses de diciembre para pedirnos la misiva. Y nosotros agradecemos el gesto con una lluvia de cartas en las que, con más o menos acierto, con más o menos líneas, con más o menos prisa, pero, eso sí, con todo el cariño y la sinceridad del mundo, hacemos balance del año que acaba y pedimos nuestros deseos para el que está a punto de comenzar. Es por eso que algunos, a nuestros 32 años, aún seguimos creyendo en sus Majestades. Porque sí, es cierto: existen. Y cada año se esfuerzan en hacer que nuestros pequeños deseos cotidianos se hagan realidad. Aunque, en mi caso, no sean tres, sino una sola (antes dos, pero hace tiempo que mi abuelo no puede participar de un modo tan activo en las celebraciones familiares).

   El año pasado, por primera vez, no pude asistir a la cena de Navidad de mi abuela. Una buena causa me lo impidió: estaba a punto de dar a luz y, después de un embarazo más que complicado, el médico me prohibió viajar. Así que, por primera vez en mi vida, me quedé sin Navidad. Porque así es: el año pasado viví los últimos días de diciembre como si no fueran Navidad. Porque la Navidad, para mí, es estar en casa, con los míos, con mi gente... y con mi abuela.

   Mi familia sí celebró, claro está, la Navidad. Cena en Nochevieja (esta cita es variable, nos turnamos entre Nochebuena y la última del año para reunirnos sin menospreciar a las familias aledañas) y la comida de Reyes. De los dos, éste día fue el más especial. Para mí, porque los Reyes me trajeron el mejor regalo del mundo, mi hija, que fue la sorpresa del roscón, pues nació mientras mi familia disfrutaba de él, a kilómetros de distancia. Y también para mi abuela. Os contaré por qué.

   Como todos los años, mi abuela se levantó temprano para acabar de terminar la comida de Reyes. Ya el día anterior había comenzado a preparar algunos de los platos y a colocar los productos menos perecederos sobre la mesa, sobre todo, la decoración, que nunca puede faltar en una buena fiesta de Navidad. Anduvo toda la mañana liada; cómo no, cocinar para 40 tiene su misterio y su oficio pero, sobre todo, su dedicación. Cerca de las 12, y tras colocar cuidadosamente los regalos en los zapatos de cada uno (aún nos hace llevárselos), empezó a hacer las llamadas de rigor para anunciar a todos que los Reyes ya habían llegado y que cada uno tenía un detalle especial. Adecentó a mi abuelo, se duchó, se vistió y mientras ultimaba los preparativos de la comida, comenzó el goteo incesante de invitados-felicitaciones-regalos-agradecimientos. Una hermosa espiral de cariño que cada año recarga mis depósitos para los meses restantes.

   Comieron, bebieron, disfrutaron del roscón (con la buena nueva de mi alumbramiento incluida), charlaron, merendaron y cada uno comenzó a regresar a casa o a continuar la ronda de visitas propias del día. Cuando todos se hubieron marchado, mi abuela se sintió cansada. «Tengo que recogerlo todo», se dijo, obligándose a levantarse del sillón. Pero la melancolía de saber que una vez recogida la mesa la Navidad se acabaría convirtió sus piernas en plomo. Empezó a sentir que el cuerpo le pesaba y, disfrutando con el recuerdo de los días vividos, con las anécdotas de la última Navidad, se quedó dormida. Y tuvo el sueño más bonito del mundo: soñó que todos los días era Navidad. Soñó que siempre había un motivo para sonreír, que siempre había pan en la mesa y buena compañía y conversaciones y canciones y, sobre todo, cariño, mucho cariño. Y es que éste es el mejor regalo que los unos nos podemos hacer los otros. Mi abuela lo sabe bien.

   Cuando llegó la hora de preparar a mi abuelo para irse a la cama, la enfermera que iba todos los días a ayudarla llamó al timbre, sin obtener una respuesta. Insistió e insistió, pero su esfuerzo fue en balde. Llamó a uno de mis tíos para ver qué ocurría y corriendo se acercó a casa de mis abuelos.

   La encontraron en el sillón, con la mesa por recoger. Su vida se había agotado, sí; pero en la sonrisa que pintaba su cara podía leerse que, para ella, toda la eternidad sería Navidad.
Nos seguimos leyendo.

domingo, 20 de mayo de 2012

Cuentista


    Siempre me han gustado los cuentos, aunque he de confesar que siempre he preferido el cuento literario al tradicional. Me parece un género condensado que, si está bien escrito, te golpea, te hace sentir, te coge de las solapas  y te sacude, transmitiendo todo su significado en unas pocas páginas. Es como el avecrem de la literatura: intenso y rápido. Pero, como todo buen guiso, también necesita que el resto de los ingredientes sea de calidad.
    Sin embargo, de un tiempo a esta parte, me he sentido más atraída por el cuento popular, el cuento tradicional, el que ha pasado de generación en generación a través de los siglos. En este sentido, dos lecturas teóricas me han impactado y me han dado mucho que pensar. 

     
    En primer lugar, Morfología del cuento de Vladimir Propp, una de las obras clásicas sobre el análisis de este género. Propp estudia el cuento tradicional y descubre que hay una serie de papeles, de personajes, y de situaciones que se repiten en todos ellos. No es que todos los personajes ni todas las situaciones se repitan en todos los cuentos, pero sí encontró una serie de pautas que resumió en lo que él llamó funciones y que cifró en 31. Si lo pensáis, os daréis cuenta de que es así. En muchos cuentos aparece la figura del príncipe, de la princesa, del rey, del caballero… y en las historias se repiten las prohibiciones, las persecuciones, los engaños, las salvaciones… Historias diferentes tienen, en el fondo, estructuras parecidas. Me parece un descubrimiento fascinante y una sistematización de lo más acertada. Por si queréis profundizar un poco más, os dejo el enlace a la reseña que podéis encontrar en Anika entre Libros. En este caso, no la he hecho yo, pero me parece una buena reseña de la obra.

 
    La segunda de esas lecturas es La mujer del pez y otros cuentos tradicionales de la provincia de Guadalajara, de Eulalia Castellote y José Manuel Pedrosa. Aunque el título alude a la provincia de Guadalajara y, de hecho, incluye una recopilación de cuentos tradicionales recogidos en ella, lo que más me llamó la atención (en el sentido teórico del que vengo hablando) fue el prólogo de la obra, en el que los autores explican, entre otras cosas, cómo han encontrado similitudes en algunos de esos relatos con narraciones contadas en lugares tan remotos como Caribe o China (como es el caso del cuento que da título al libro). ¿Cómo puede ser que el mismo cuento, o muy parecido, sobreviviera en la tradición oral china y en la de Guadalajara? Me parece una pregunta fascinante, que abre puertas a la influencia de unos lugares sobre otros (a través de las leyendas y noticias que pudiera traer los primitivos viajeros) pero, también, a la reflexión sobre los problemas, las preocupaciones o temas de interés comunes al ser humano, a todo ser humano, viva en el rincón del mundo en el que viva. Abro un pequeño paréntesis para contaros que este último libro está publicado en la editorial Palabras del Candil, una editorial  que está realizando una grandísima labor, publicando libros de cuentos y relatos, tanto para niños como para adultos. He tenido el placer de leer varios de ellos (tengo reseñas en Anika entre Libros de Las cenas contadas y de Yayerías, por si queréis echarles un ojo; no tengo reseña de La mujer del pez, pero os dejo el enlace de la editorial, por si os pica la curiosidad) y la verdad es que me parece que tienen cuentos maravillosos que, por supuesto, os invito a leer.
    Retomo el tema de los cuentos viajeros para explicar a qué viene este post: viene a que ayer vi un programa de televisión (aquí hago la ola; encontrar un programa interesante en la televisión actual me parece super complicado, primero, por la escasez y, segundo, por la dificultad de encontrarlos, marginados, perdidos, en un maremágnum de espacios zafios y repetitivos) en La 2 (claro) que analizaba, precisamente, el oficio de filólogo folclorista y hablaba de todas estas cuestiones y de algunas más, todas de interés. También os dejo el enlace por si queréis profundizar en lo que allí contaron.
    Y cierro el post con dos invitaciones/sugerencias, también relacionadas con los cuentos. La primera: durante el fin de semana del 15, 16 y 17 de junio se celebrará en Guadalajara el Maratón de los Cuentos, que ya cumple 21 añitos (ahí es nada), en el que se cuentan cuentos de forma ininterrumpida (sí, durante la noche también) desde las 17 horas del viernes y hasta las 15 horas del domingo. La verdad es que Guadalajara se transforma esos días, realmente se convierte en una ciudad de cuento, con todos sus ciudadanos volcados en contar y en escuchar. 

 
    Una auténtica maravilla. Además, las calles y parques cercanos al Palacio del Infantado, sede del certamen, se engalanan y visten para la ocasión, con un resultado siempre espectacular. Y, por si todo esto fuera poco, hay toda una serie de actividades que giran en torno al cuento: fotografía, dibujo, venta de libros, espectáculos callejeros… 



    En definitiva, una fiesta que no me pienso perder y a la que, por supuesto, os invito. Os dejo el programa para que veáis la cantidad de actividades que se organizan al hilo del Maratón.
    La segunda invitación es uno de mis últimos descubrimientos: los cuentos tuit del gran @pep_bruno. Son la esencia del cuento, un minirrelato en 140 caracteres. Un reto a la imaginación que está dando resultados que me encantan. Un ejemplo:


     ¡Una auténtica joya!

    Nos seguimos leyendo.
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