Como cada jueves, rescato una reseña publicada en Anika entre Libros. Hoy, aprovechando el Mes de la Novela Negra, Policíaca y de Misterio, traigo al blog la segunda entrega de la Saga Marco Didio Falco, que aúna novela histórica y policial.
LA ESTATUA DE BRONCE. Saga Marco Didio Falco vol. 2
(Shadows in bronze, 1991)
Lindsey Davis
Editorial Edhasa
Colección Narrativas Históricas
© Crown Publishers, 1991
© Traducción de Horacio González Trejo, 1992
© Edhasa, 1992
1ª Edición, Abril 1992 / Última edición conocida Edhasa,
Género y tags: Novela histórica, novela policíaca, antigua Roma, saga Marco Didio Falco, literatura inglesa
ISBN: 9788435017893
475 Páginas
Argumento:
El investigador Marco Didio Falco (que
no espía, que quede bien claro) sigue la pista, al servicio del
emperador Vespasiano, de una conspiración contra éste. Gracias a este
nuevo trabajo, volverá a encontrarse con algunos de los personajes que
conocimos en el primer volumen, dando continuidad a la saga y cerrando
(o eso parece) la trama de “La plata de Britania”.
Opinión:
La
mordacidad, la ironía y el humor negro de este investigador de la Roma
Imperial de vuelta de todo y su mirada entre cínica y derrotada de
cuanto le rodea vuelven a convertirse en los auténticos protagonistas de
esta segunda entrega de la saga que narra las desventuras de Marco Didio Falco.
Y es que, más allá del mero argumento y de las traiciones y corruptelas
que investigará en esta ocasión, para mí, el verdadero protagonista de
la novela es el tono con el que está escrita. La voz de Falco es la que
guía la narración, relatada en primera persona (aunque a veces se
describen acontecimientos o pensamientos que es imposible que el
investigador conozca, aproximándose más a una tercera persona
omnisciente que una narración en primera persona pura y dura). Por eso,
es ella la que determina el ritmo de los acontecimientos (precipitado
cuando así lo requiere la trama o sosegado cuando lo que se nos presenta
son los pensamientos y reflexiones del propio Didio), la que describe
lo que ocurre y la que consigue que el modo de ver y contar la vida de
Falco se corresponda con el tono general de la novela. Los ojos
desengañados con los que el romano ve el mundo que le rodea, las
relaciones humanas, las conspiraciones políticas y los usos y costumbres
de la sociedad romana del año 71 d.C. se convierten en los propios ojos
del lector que se acerca a esta novela en pleno siglo XXI.
La mirada personal y única de Falco es
la que nos permite conocer una Roma en la que (en contra de la imagen
pública que tenía en la época o, al menos, la que quería dar y la que ha
llegado hasta nuestros días) muchas cosas funcionan mal; una Roma que
esconde la basura debajo de la alfombra para mostrar, frente a la
galería, sólo su mejor cara.
La investigación de Falco, desenredando esa red de traidores que habían urdido un plan para derrocar a Vespasiano,
da cuenta de las intrigas y conspiraciones que protagonizaba la vida
política del momento, así como su organización y sus principales
instituciones.
Del mismo modo, los viajes que emprende
el investigador en esta segunda entrega le permiten introducir
valoraciones y reflexiones sobre la zona sur de Italia y sobre la
relación que por aquel entonces mantenían romanos y griegos, teñida por
cierto desprecio hacia la cultura de la que procedían, reflejo de esa
imagen ciertamente prepotente que Roma ofrecía ante el mundo y ante sí
misma.
La acción se desarrolla, en este caso,
en lugares próximos al Vesubio, por lo que no faltan las referencias a
la erupción del volcán que tuvo lugar tan sólo unos años después y que
destruiría dos de las ciudades visitadas en esta obra: Herculano y
Pompeya.
Pero si, al margen de la trama
detectivesca, hay un tema que guía buena parte de la acción, enlaza con
la primera entrega de la saga y propicia la continuidad en volúmenes
posteriores es el amor. La presencia de Helena Justina, la clienta de
Falco en “La plata de Britania”, esa mujer de órdago, independiente, inteligente y adelantada a su tiempo, es constante también en “La estatua de bronce”.
Y no sólo porque el argumento de la primera entrega tenga continuidad
en esta segunda a través de personajes vinculados a ellas, sino también
porque se afianza la relación que mantiene con Falco, con sus vaivenes y
sus altibajos. No obstante, la actitud de Helena Justina
es bien diferente en esta segunda parte. La fortaleza y la seguridad
que mostraba en la primera se han convertido aquí en tristeza,
inseguridad, miedo, medias palabras y verdades ocultas. Sin embargo, esa
nueva actitud quedará perfectamente explicada al final de la obra,
abriendo nuevos caminos para futuras entregas de la saga.
La ambientación, la descripción de
lugares, costumbres y actividades propias de la época romana continúa
siendo magistral en esta segunda entrega. Davis
es una extraordinaria creadora de ambientes, lo que le permite dibujar
escenarios (casas, calles, comercios, eventos festivos, caminos, mares,
barcos, lugares públicos…) y contextos realistas que ahondan y/o
completan la imagen que todos tenemos en la cabeza cuando pensamos en la
Roma Imperial.
Reconozco que la intriga meramente
detectivesca me ha interesado en esta ocasión menos que en el primer
libro, no sé si porque la trama amorosa lo envuelve todo, trasvasando la
atención de la vida profesional a la vida privada de Falco; por la
continuidad de algunos personajes e historias que ya aparecieron en La plata de Britania,
importantes (sí) pero que (para mí) están incluidos aquí mediante un
recurso demasiado manido en el género policíaco; o porque el ritmo
trepidante que la acción adquiría por momentos en la primera intriga se
ha desvanecido en esta segunda, dando lugar a una trama de corrupción
con sus sorpresas, es cierto, pero más bien lineal.
A pesar de ello, tengo la intención de
continuar leyendo la saga porque Falco me ha conquistado y porque es el
verdadero activo de esta novelas. Su visión del mundo choca con muchas
de las ideas predeterminadas que yo tenía respecto a su época y su humor
socarrón y negro me sorprende y divierte, dándome una excelente excusa
para continuar saciando mi curiosidad por sus aventuras (sean del tipo
que sean).






