jueves, 23 de abril de 2015

Porque somos lo que leemos, yo hoy soy... Coro, Baby y Paula

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  Tenía que haber publicado este post hace unas horas, pero entre el trabajo (¡todo ocurre durante la semana del Día del Libro!) y el cansancio que me da mi nueva tensión ando que no me da la vida. En fin, tarde, pero ahí va.

   De entre todos los libros que he leído en mi vida (y no son pocos), he elegido en este día y para esta iniciativa el que yo creo que me abrió el camino hacia la lectura. Se titulaba Un sexo llamado débil, lo firmaba José Luis Martín Vigil y hablaba de tres chicas jóvenes, de sus problemas, de sus inquietudes y de sus vivencias.
  Creo que ya he contado alguna vez que mi padre no me dejaba leer cuando era pequeña; estudiar era más importante y "mira cómo acabó Don Quijote de tanto leer", me decía. Eso sí, religiosamente, cada año los reyes me dejaban un clásico (editado por Anaya, indefectiblemente) que a mí nunca me daban ganas de leer. Todos los fines de semana me iba a dormir a casa de mi abuela y allí había un montón de libros que sí me atraían. Pero "son libros para mayores", me advertían siempre mis tíos. Así, crecí sintiendo que los libros eran algo para mayores, algo prohibido, algo que solo se podía entender cuando una tenía una cierta edad. Un enigma solo para iniciados, un objeto capaz de marcar la frontera del paso a la adolescencia, aunque yo entonces pensaba que ser adolescente era ya ser mayor.
   Cuando cumplí doce años, muchas cosas pasaron en mi vida: tuve mi primera regla, mis padres se separaron por primera vez y conseguí leer uno de esos libros "para mayores". Y el que eligió mi tía para acompañar la incertidumbre de tantos cambios fue, precisamente, Un sexo llamado débil.
    No fue su título lo que me atrajo (ni siquiera sabía lo que significaba, ni la ironía que encierra con respecto al contenido del libro) ni su portada ni su sinopsis (la edición que guardaban mis tías no tenía ni portadilla así que era un simple libro azul con el título, en letras doradas, creo recordar, así que ni portada ni sinopsis. La magia de internet ha obrado el milagro de encontrar una foto de un ejemplar semejante y lo que hubiera sido su portada). Lo que me atrajo fue su condición de "libro para mayores" y ese sexo del título que no sé muy bien qué prometía pero también me sonaba a infancia que se deja atrás.
   Fue todo un descubrimiento. Aquel libro contaba la historia de tres chicas jóvenes que hablaban de temas parecidos a los que yo trataba con mis amigas y a las que les pasaban cosas que nosotras, alumnas de un colegio de monjas, temíamos más que encontrarnos con el demonio: echarse novio y quedarse embarazada.
   Gracias a ese libro descubrí el valor de la amistad, la fortaleza de la mujer y que no hay que rendirse nunca. También supe de un lugar llamado Baracaldo y de nombres que yo no había oído hasta ahora. Pero, sobre todo, me sirvió para descubrir un universo entero a mi disposición; un universo, el de los libros, en el que había gente como yo a la que le pasaban las peores cosas que yo podía imaginar y seguían adelante. La identificación, la capacidad de sobreponerse, los temas cercanos y el proceso de maduración fueron, pues, las llaves que ese libro me ofreció y que abrieron la puerta que hasta entonces había estado cerrada para mí.
   Desde ese día, no he parado de leer. Primero, a escondidas, para que mi padre no me viera. Después, abiertamente. Más adelante, sin descanso. Hasta convertir la lectura en algo que me define, en uno de los signos de mi personalidad más característicos.
    No me atrevo a recomendar Un sexo llamado débil a nadie. Yo no he vuelto a leerlo y no sé si lograría superar la prueba del paso del tiempo, del cambio social, de los nuevos roles de género, de la madurez personal y literaria, aunque creo que aquel libro también me abrió el camino hacia el feminismo, la lucha por la igualdad y por romper el tópico que une mujer y debilidad. Pero en ese momento, me sirvió para descubrir algo sin lo que ya no soy capaz de vivir. Así que, porque somos lo que leemos, hoy soy Coro, Baby y Paula y su capacidad para vivir y mantenerse unidas.
    Nos seguimos leyendo.

7 comentarios:

  1. Yo tampoco me atrevo a releer los libros que me han marcado, más que por miedo a que no superen el paso del tiempo por miedo a que no superen el tiempo que ha pasado por mí. Gracias por compartir con nosotros este libro que te descubrió tantas cosas.
    Feliz día.

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  2. Me cuesta también releer esos libros que me han marcado. Sobre todo en mi infancia o en mi juventud. Es una lectura tan distinta la que podemos hacer ahora...
    Tu libro ni me sonaba. Pero no creo que me anime.
    Besotes!!!

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  3. Gracias por esta crónica vital. Es mejor no releer este tipo de libros. No son los libros los que cambian, somos nosotros y seguramente perderían ese primer encanto con una nueva lectura.

    Bs.

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  4. Que bonito acordarse de los libros que nos han marcado. Yo creo que cada edad necesita lecturas diferentes y si los leyeramos ahora no sería lo mismo pero bueno también se pueden apreciar detalles que la inexperiencia no nos debaja ver y eso también es bonito. Gracias por compartir tus vivencias. Y que curioso que tu padre no te dejara leer pero lo que nos gusta siempre sale a flote. Besazos!!!

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  5. Qué casualidad, a mí mi padre tampoco me dejaba leer. El mío prefería que viera la TV!!! Me ha gustado cómo cuentas que te afectó este libro, es un libro importante para ti. Besos compañera tarro-librera!

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  6. Probablemente, Lidia, o seguramente esa identificación ya no es posible. Este libro no puede ya sorprenderte pero ha hecho ya su función sobradamente. Te ha empujado a la lectura y al descubrimiento de nuevos mundos y ya por ello se merece este pequeño homenaje.
    Besines y gracias por unirte a la iniciativa.

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  7. Una entrada maravillosa, Lidia, me ha encantado tu historia: tuvo que ser duro no poder leer lo que te apetecía, y encontrarte de repente con este libro y descubrir tantas cosas nuevas... Vaya sentimiento.... 1beso!

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